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Full text of "Lágrimas. Precedido de un prólogo del Dr. Teófilo E. Díaz (Tax), un juicio de la escritora peruana Clorinda Matto de Turner y algunas opiniones de distinguidos escritores y poetas"

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Méndez Reissig, Ernestina 
Lágrimas 



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190? 



ERNESTINA MÉNDEZ REISSIG 



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"^i^l ^ 2.' EDICIÓN ^ 



TOIMAVeRA DEL 1900 



Dornalcche y Reyes, editores. — Montevideo 



LAGRIMAS 



Ernestina Méndez Reissio 



LÁGRIMAS 



PRECEDIDO DE ÜN PRÓLOGO 

DEL DR. TEt5FIL0 E. DÍAZ (TAX) 

UN 
JUICIO DE LA ESCRITORA PERUANA 

seííora clorinda matto de TÜRNER 

Y ALGUNAS OPINIONES 
DE DISTINGUIDOS ESCRITORES Y POETAS 



SEGUNDA EDICIÓN 



MONTEVIDEO 

DORNALECHE Y REYES, editores 

Calle 18 de Julio, núms. 77 y 79 

1903 



En esta segmida cdicimí, fiel retrato 
de mi primera plana literaria (si se 
me permite llamarla así), despojada 
de toda jactancia y cono recuerdo in- 
apreciable á mis primicias, he creído 
justo intercalar algunas opiniones con 
que fueron favorecidas estas páginas ; 
y digo algunas, porque no son mis de- 
seos dar al benévolo lector un folleto de 
juicios ; raxón por la cual nut abstengo 
de presentar afjiwllos de mucha exten- 
sión, — circunstancia esta que bien puede 
calificarse de fverxa mayor y que en 
nada contribuirá para que no aprecie 
en su justo valor los sanos consejos de 
tan distinguidos intelectuales. — A ludos 
ellos mi reconocimiento por sus finos 
cuan delico,dos conceptos; á todos ellos 
mi gratitud por sus sinceras palabras 
de aliento. 

En esta misma edición, que lie am- 
pliado, bien pude corregir los defectos 
de que adolecen algunas de sus covifo- 
siciones, dándoles el vigor que muchas 
de ellas reclanum ; pero hubiera sido 
destruir despiadadamente unas primi- 
cias tan queridas: fuera arrepentirse 
de haberlas dado á la publicidad, y esto 
no ha surgido ni surgirá janws de la 
mente de 

LA AUTORA. 



A LA MEMORIA 

DE MI QUERIDA HERMANA ESPERANZA 

Y 

PARA MIS PADRES 



¡El i'mico consuelo qve le queda 

Á mi abna desolada, 
Es dejar en tu tumba, hermana mía, 

Flores, besos y lágrimas! 

ERNESTINA. 



ESTO ES UN PROLOGO DE TAX 



Un prólogo es una presentación, según mi 
criterio; y desde luego, la presentación de la 
poeti.sa Ernestina Méndez Reissig á Monte- 
video, principalmente, y á todas las ciudades 
donde acuda este libro de poesías líricas, será 
contestada: «Ya tenemos el honor de cono- 
cerla. » 

Si el prólogo no es una mera presentación, 
sino un juicio crítico, según la opinión de otros, 
ese juicio tendría que ser tan i m parcial como 
la contestación obligada á una dulce, inocente 
y entusiasmada madre presentando su primer 
hijo á un buen amigo: 

— Adorable!. . . precioso!. . . divino!. . . 

El prólogo, según mi opinión, puede ser tam- 
bién un auto-bombo de quien acepta formu- 
larlo sin tener talla, preparación, anteceden- 
tes, tradición poética, estro ni astro. 

Debo explicar por qué digo estro ni astro. 

Estro, porque jamás he formulado una cuar- 
teta, ni quintilla, ni rima alguna digna de pu- 
blicarse. 



X PRÓLOGO 

«De todo es capaz, Tax, menos de hacer un 
verso.» Este dicho de un literato nuestro, es una 
crítica exacta de mi inutilidad para la poesía. 

Astro, digo, porque, á semejanza de la senti- 
mental autora de este libro, he podido repetir 
una de sus «Quejas del corazón»: 

Con afán miro el cielo, y ni una estrella 

Brillante, pura y bella, 
Hallo, que Tenga á iluminar mi sien ; 
Todas brindan sus rayos á otros seres, 

Que, en medio de placeres, 
Su Tida han convertido en un edén. 

No puedo ahora mantener mi queja, si bien 
pude persistir en ella durante largo tiempo, 
ante el honor que me dispensa Ernestina Mén- 
dez Reissig, estrella en el cielo de la poesía, 
pidiéndome que presida su primer libro, que 
juzgo como un haz luminoso de espigas de su 
amistad, su dulzura, su compasión, su amor, 
su melancolía. 

Aunque la poesía lírica, según los maestros, 
no es exclusivamente subjetiva, sino predomi- 
nante subjetiva, puede notarse en las composi- 
ciones de Ernestina jléndez Reissig un estado 
de alma permanente, igual, triste y dulce, que 
absorbe la expresión de sus cantos, no dedi- 
cándose á la imagen de la realidad externa. 

De las poesías líricas de Ernestina podría 
decirse que son exclusivamente subjetivas; y 
sería inútil pretender que su meditación se des- 
prenda de su intimidad, para expresar imáge- 



PRÓLOGO XI 

nes del mundo exterior, poseída actualmente 
de un inesperado dolor, producido por la pre- 
matura muerte de una hermana muy joven, 
bella y buena. 

Este suceso impedirá, sin duda, que la poetisa 
Ernestina pueda en breve tiempo extender su 
frase y su rima en temas líricos objetivos, des- 
prendiéndose de la nota tristísima que caracte- 
riza todas sus composiciones. 

Es cierto que, así como las princesas tienen 
flores ó perfumes predilectos, las poetisas po- 
drían decir que cantan su sentimiento predi- 
lecto, y en este caso me vería obligado á no 
pretender que esta estrella del cielo de la poe- 
sía, ofreciera á las letras, con su inspiración, 
algo que fuera menos melancólico y más real 
en la vida del mundo. 

Se me ocurre ambicionar notas menos ínti- 
mas, después de leer una composición á una 
amiga muerta : 

« Al compás de la brisa perfumada, 

El pino y el ciprés 
Del viejo cementerio se mecían 

Con suave languidez. 

Destacaba en el cielo azul y limpio 

La ne^a y alta cruz 
De la torre, do débil se posaba 

Del sol la última luz. » 

Esta descripción tan sencilla, tan espontá- 
nea, á la que la poetisa no dará gran mérito, 
es una manifestación poética descriptiva que 



XU PRÓLOGO 

ilumina el rico horizonte hacia el cual marcha 
su talento. 

Entre tanto, si auguro notas poéticas de un 
interés más realista, no excluyo de íntimo mé- 
rito á las composiciones que forman este libro, 
las cuales están llamadas á ser saboreadas, 
releídas y admiradas por todos aquellos que 
no sufren ó que todavía no han sufrido. 

Se experimenta una rara sensación domi- 
nante en plena felicidad, al leer la desgracia 
ajena, aunque se sienta conmiseración por 
los doloridos y se hagan muecas de disgusto. 

Esto no quiere decir que los que sufren re- 
chacen la lectura de lo sentimental doloroso. 

Los que sufren, aunque no les sea agrada- 
ble recibir impresiones dolorosas por padeci- 
mientos semejantes ó aproximados, suelen en- 
contrar alivio á sus lágrimas con la lectura de 
lo que es melancólico, ó triste, ó sentimental 
desesperante, artísticamente expresado. 

Y, finalmente, el estilo correcto, la rima exac- 
ta, la inspiración del fondo y la delicadeza de 
la forma harán agradable para toda categoría, 
ya la de los felices, ya la de los desgraciados, 
la lectura de este delicado libro. 

Creo que debo insistir en el mérito caracte- 
rístico de las poesías de Ernestina, consistente 
en el matiz de desconsuelo, tristeza, escepti- 
cismo dentro de la fe misma; matiz que, persis- 
tente y marcadísimo, hará conocer á la auto- 
ra, por la sola lectura, envuelta en su tul negro, 
como un estilo, á semejanza del célebre Tur- 



PRÓLOGO XIII 

ner de Londres, que pintó todos sus paisajes 
á través de transparente neblina. 

A este libro, Ernestina Méndez Reissig ha 
querido agregar algunas composiciones en pro- 
sa, respecto de las cuales no puedo abrir un 
juicio sino favorabilídimo, encontrando en ellas 
originalidad y fuerza de lógica, como dos po- 
tencias que, creciendo con vigor, preparan una 
sólida reputación á Ernestina Méndez Reissig 
como publicista en prosa. 

Teófilo E. Díaz. 



TARJETA POSTAL 



Hace tiempo que venía gustando el aroma 
de florecillas literarias tímidamente esparcidas 
en tal ó cual revista por la delicada mano de 
una, casi nina, poetisa uruguaya; mas, un buen 
día, día de sol alegre y primaveral, de aquellos 
ya raros en la presente estación, llegó á mis 
manos todo un ramillete de flores en forma de 
libro, y, por el contraste que el rocío establece 
al caer sobre el pétalo de la rosa, este libro se 
titula LÁGRIMAS. Su autora es la señorita Er- 
nestina Méndez Reissig, cuyo nombre corre, 
loado, entre la falange de poetas y prosadores 
americanos. 

Cuando aparece un nuevo luminar en la es- 
fera celeste, todos los telescopios suelen dirigir 
su visual hacia el nuevo astro, para distinguirlo 
de las estrellas errantes y de los cometas de 
vida fugaz. Así, también, entre nosotros, aque- 
jados por la plétora de versificadores, cuando 
se destaca en el monte sacro una personalidad 
ungida por las Musas, todos los que lo fueron 
se sienten atraídos por los arpegios de la nueva 



XVI TARJETA POSTAL 



lira pulsada con el corazón. Digo esto, porque 
la poesía la comprendo como sentimiento, así 
en lo épico, en lo guerrero en lo pastoril. Quien 
percibe las hazañas de los héroes y siente pal- 
pitar las arterias de los grandes pueblos; el que 
llora un bien ausente ó perdido y se estremece 
con la ternura de su madre ó de su amada; el 
que da alma á la fantasía, color á la frase y 
música al conjunto, ése sí será poeta, aunque 
ignore el número de sílabas, las acentuaciones 
y licencias que disciplinariamente exigen los 
de la categoría de aquel que dijo: 

< Allí vienen las apszancas 
Tras de las hormigas blancas. » 

A quien contestó el verdadero poeta : 

e ; Fuerza del consonante, á lo que obligas : 
A decir que son blancas las hormigas ! » 

Ernestina ^léndez Reissig ha nacido poetisa, 
con toda la exuberancia de inspiración que la 
flora uruguaya imprime en los espíritus deli- 
cados. LÁGRIMAS, es la primera entrega que 
hace en conjunto, del cofre de esa rica pedrería 
que va engastando en filigrana, cada vez con 
mayor perfección, como notará el lector al com- 
parar unos cincelados con otros, por orden de 
creación. 

Este reparo vengo haciendo por mi parte, y 
más de cerca, desde que recibí los primeros 



TARJETA POSTAL XVII 



originales de la señorita Méndez Reissig para 
mi revista Búcaro Americaivi), floreeWa por la 
colaboración de la gentil poetisa. 

Composiciones tiene Ernestina, como la ti- 
tulada Deí<eo, que en todo corresponden á la 
factura de poetisas renombradas en la cuna de 
la Poesía castellana; entre otras, Mercedes Ve- 
lilla de Rodríguez y Blanca de los Ríos. 

Reforzaré mi juicio con la transcripción de 
alguna estrofa tomada al acaso. 

Dice Ernestina: 



/ Quién pudiera olvidar sus penas todas, 
De nuevo abrir el alma á la ilusión .'. . . 
/ Ay .' ¡ es crimen quitarse la existencia, 
Y no es crimen herir un coraxón ! 

Blanca de los Ríos dice así: 

Siendo el amor la fuente de la vida, 
¿ ICo será un crimen extinguir la fuente ? 
Si el que asesina á un hijo es fdicida, 
El que mata un amar ¿no es delincuente ? 

Y la señora Velilla de Rodríguez : 

Dicen que la vida es sueño 

Y todos qiiieren soñar: 
¡Sueño yo cosas tan tristes, 

Qjte quisiera despertar.'... 

Podría engalanar estas páginas transcribien- 
do otras estrofas de las delicadísimas que con- 
tiene LÁGRIMAS ; pero no me propongo hacer un 



XVIII TARJETA POSTAL 



análisis detallado, ni quiero defraudar el tiempo 
al lector en las dulces emociones que, para re- 
galar su sensibilidad, guarda en sus hojas el 
libro que entre manos tiene. 

En esta mi tarjeta vayan, sí, para la joven 
poetisa, mis aplausos sinceros, que de aliento 
no ha de menester quien ama el arte por el 
arte mismo y cuenta con todos los entusiasmos 
literarios propios de su edad y de su cultura. 

Clorlnda Matto de Türner. 

( Peraana. ) 
Buenos Aires, Septiembre de 1900, 



OPINIONES 



Madrid, 4 de Enero de 1901. 

Recibidos y leídos con mucho gusto sus pre- 
ciosos versos, le agradece su envío, 

Emilia Pardo Bazán. 
Señorita Ernestina Méndez Reissig. 

Presente. 

Mi distinguida señorita: 

MU gracias por su carta y por la dedicatoria 
de su artículo, que estimo en lo que vale. 

Desde luego puedo augurarle que si comienza 
poniendo sobre el papel la pluma como ahora 
la pone, perseverando y estudiando mucho, en 
modelos que faciliten la soltura, será usted es- 
critora. 

Para escribir en castellano, procure usted 
modelos castellanos, de prosa cuanto más sen- 
cilla y castiza mejor; modelos que le formen 
el estilo sin amaneramientos, al propio tiempo 
que recreen y deleiten su inteligencia, que 
promete tanto. 



XX OPINIONES 



Si usted ha de hacer prosa y prosa buena, 
abandone los versos hasta dentro de algunos 
años, en que por fijeza y solidez de su criterio 
literario, no pueda extraviarse el sentimiento 
inclinándose á la literatura enfermiza ; ensan- 
che usted el horizonte con energías de la volun- 
tad, y será usted novelista, que otras lo somos 
quizás sin tanta materia prima para ello. 

Dios dé á usted una vida de gloria y de fe- 
licidad, para que pueda, á su vez, darla á su pa- 
tria: es lo que desea su afma. S. S. y amiga» 

Eva Canel. 

Buenos Aires, Diciembre de 1900. 

Bartolomé Mitre saluda atentamente á la 
señorita Ernestina Méndez Reissig, y agradece 
su amable tarjeta, enviándole el primer ejem- 
plar de sus primicias literarias, que revelan un 
alma sensible, un gusto delicado y una inspi- 
ración poética melancólica, deseando que su 
enlutada musa se corone con las flores que 
embalsaman la vida, embellecen la juventud 
y son el emblema de Ja felicidad. 

Buenos Aires, Diciembre de 1900. 

Carlos Guido y Spano ofrece rendidos ho- 
menajes á la señorita Ernestina Méndez Reis- 
sig, y contestando á su amable tarjeta, obse- 
quiándole las primicias literarias con el título 
de LÁGRIMAS, de que es autora, ornadas con 



OPINIONES XXI 



SU semblanza artística, más bella aún que sus 
poesías, le agradece tan valioso presente. 

En el libro aludido, suspirante como una lira 
al roce de auras primaverales, figuran las «Es- 
trofas» dedicadas á su nombre: recuerdo in- 
estimable de una alma pura y candorosa. Re- 
ciba la melancólica poetisa de Oriente el tri- 
buto de admiración debido al primer fruto 
de su estro juvenil. 

A' illustre poetisasenhorita Ernestina Mén- 
dez ReissigcomprimentarespeitosamenteQuin- 
tino Bocayuva, e penhorado pela sua gentileza, 
agradece -1 he a obsequiosa offerta do seu bello 
ramalhete poético sob o titulo Lágrimas. 

Con os mais sinceros votos pela sua felici- 
dade e pela conquista de novos loiros na sua 
carreira litteraria, envia-le affectuosas sauda- 
9oes. 

Rio Janeiro, 25 Dezembro d« 190Ü. 

Buenos Aires, 30 de Enero de 1901. 

Señorita Ernestina ^léndez Reissig. 
Distinguida señorita: 

He tenido el gusto de recibir el ejemplar de 
su primoroso tomito de versos: Lágrimas, que 
con honrosa dedicatoria autógrafa me ha en- 
viado usted. 

Muy obligado quedo á tan fina atención. 

He leído sus bellas poesías, y ellas me han 
confirmado en la favorable opinión que tenía 



xxn oPEsrioNES 



de su distinguida autora. Siente usted hondo 
y sabe expresar sus pensamientos en una forma 
correcta é irreprochable. La felicito muy sin- 
ceramente. 

Me ofrezco de usted con mi consideración 
más alta, su atento S. S. 

Casimiro Prieto Valdés. 

José Enrique Rodó saluda con su más dis- 
tinguida consideración á la señorita Ernestina 
Méndez Reissig, y al agradecerle profunda- 
mente el honroso envío de su interesante y 
hermosa colección de producciones literarias, 
tan llenas de delicadeza en la forma como de 
intimidad en el sentimiento, tiene el honor de 
manifestarle su admiración. 

S/c, 29 de Diciembre de 1900. 

México, 16 de Junio de 1901. 

Señorita Ernestina Méndez Reissig. 

Montevideo. 

Muy apreciable señorita: 

Altamente agradecido estoy por la distin- 
ción que se ha servido usted dispensarme en- 
viándome su libro Lágrimas, hermosísima co- 
lección de pensamientos llenos de ternura y 
delicadeza, nacidos de un corazón que siente y 
de una alma que adora. 

Horas enteras he pasado recorriendo sus 
brillantds páginas, desde la primera á la última. 



OPINIONES xxni 



en muchas ocasiones, y esta tarea bastante 
grata continuará, porque Lágrimas es una 
fuente de aguas cristalinas que mitiga la sed 
de mi alma, siempre sedienta de dulces inspi- 
raciones, de bellos ideales y de risueñas espe- 
ranzas. 

Que su mente soñadora, que su alma de 
poeta y que su amante corazón la conduzcan 
al templo de la inmortalidad, para gloria de su 
patria y de las bellas letras. Estos son los ve- 
hementes deseos del que tiene á honra enviarle 
su más sincera felicitación y ofrecerse á sus 
órdenes como su afmo. y atto. S. 

Lie. Carlos de Gante. 

La Paz, Enero 26 de 1901. 

Señorita Ernestina Méndez lieissig. 

Síontevideo. 

Muy distinguida señorita: 
A mi regreso de Antofagasta, he sido gra- 
tamente sorprendido con la lectura de su pre- 
cioso tomo de poesías, que ha titulado usted 

LÁGRIMAS. 

Es un delicado búcaro de fragantes siempre- 
vivas, impregnado de un delicioso perfume: 
el sentimiento! 

Vayan, para la joven artista que cultiva tan 
bellas flores, el sincero aplauso y la admira- 
ción de su afectísimo y seguro servidor. 

Eduardo Diez de Medina. 



XXIV OPINIONES 

Asunción del Paraguay, Enero 5 de 1901. 

Señorita Ernestina Méndez Reissig. 

Montevideo. 

Distinguida señorita: 

He tenido el placer de recibir el precioso 
obsequio que ha tenido la fina amabilidad de 
hacerme, de un ejemplar que contiene sus pri- 
micias literarias, que usted titula Lágrimas. 

Su lectura me ha proporcionado ratos muy 
agradables. No soy poeta: me falta música é 
inspiración para manejar dignamente el di- 
vino lenguaje de las Musas; pero esa circuns- 
tancia no me priva de poder apreciar el mé- 
rito de una composición poética, ó de sentir 
la dulce influencia que ella ejerce sobre el co- 
razón. En efecto, ¿quién es el que no ha su- 
frido en este mundo? y ¿quién es aquel que 
alguna vez no haya tenido que soportar el 
dolor de ver trocar el bien que acariciaba y 
que constituía su consuelo, su amor, su felici- 
dad, en amarguras y penas, volando por los 
aires, como arrebatadas por un vendaval, las 
bellas flores de sus ilusiones y de sus espe- 
ranzas? 

Pues bien: ése no podrá menos de simpati- 
zar con sus composiciones poéticas, las cuales, 
por su forma artística reúnen, á mi humilde 
juicio, una de las primeras condiciones que 
hace duradera una obra é inmortaliza al poeta, 
cual es el estilo, que es como el esmalte que 
hace resaltar la belleza del pensamiento. 



OPINIONES XXV 



Usted, señorita, al expresar sus sentimien- 
tos con sencillas y adecuadas expresiones, ha 
tomado por modelo la naturaleza y por guía 
la verdad; en una palabra, usted escribe con 
el corazón y el alma; aquél nunca engaña y 
ésta está pronta á recibir la impresión de lo 
verdadero, sea ello melancólico ó placentero, 
triste ó alegre. Las penas ó los sentimientos, 
con sus crueles torturas la atormentan ; pero 
como medio de desahogo, las acepta, las acari- 
cia y á veces hasta las apetece usted, con la ex- 
presión de sus sentimientos, sin ir más allá de 
los justos límites que permiten las reglas del 
arte; ha descubierto, por decirlo así, el secreto 
de la fama de que goza hasta el día la lira de 
Homero, que triunfando de los estragos del 
tiempo, marcha siempre á la cabeza de los ge- 
nios que han llamado más la atención del 
mundo, debido sólo á que Homero es el pintor 
más fiel de la verdad y su estilo poético es com- 
parable á una llama que arde constantemente 
sin decaer desde el principio hasta el fin. Ea 
corroboración de esta gran verdad que vengo 
exponiendo, Víctor Hugo, ese gigante de la 
literatura francesa, en alguna parte ha dicho: 
Ei estilo es la llave del porvenir. Respeto esa 
opinión y á ella me atengo para asegurarle 
que sus IíÁgroias no han de morir, porque 
ellas reconocen en su fondo la verdad. 

He leído y releído algunas de sus bellas 
composiciones, como no podrá menos todo 
aquel que ha tenido que soportar en su vida 
desengaños y crueles contrariedades. 



XXVI OPINIONES 



Finalmente, sus Lágrimas se recomiendan 
por sí mismas, ellas constituyen un ramillete 
de preciosas y fragantes flores, cuya vista en- 
canta y hace prorrumpir al más insensible en 
sinceros aplausos hacia la mano delicada que 
con tanto gusto y talento lo ha formado. 

En cuanto á la prosa, coincido en opiniones 
con el ilustrado autor del Prefacio, en el úl- 
timo párrafo de su escrito. 

Una vez más, le doy las más expresivas gra- 
cias por su obsequio, y le pido acepte mis más 
cordiales felicitaciones, aun cuando ellas en 
nada contribuyan á aumentar la aureola de su 
gloria como poetisa que figura en esa pléya- 
de de eximios literatos que embellecen el cielo 
americano. — Sin más, atto. y S. S. y admi- 
rador, 

Juan Crisóstomo Centurión ( i ). 

ERNESTINA MÉNDEZ REISSIG 

Quien haya hecho, como yo, una pública 
protestación del culto fervoroso que profesa á 
la mujer, no puede ser buen crítico en tratán- 
dose de examinar un librito escrito por pluma 
femenina; pero, ni esta especie de veneración, 
con la que pretendo demostrar mi amor sin 
límites á- mi madre y á la compañera de mi 
vida, ni la bondadosa esquelita con que me 

( l ) En momentos de imprimirse esta carta, recibo la 
infausta noticia del fallecimiento de tan distingaido caba- 
llero. — La autora. 



OPINIONES XXVII 



favoreció la distinguida poetisa con cuyo nom- 
bre he principiado este artículo, ni la muy ga- 
lante dedicatoria, puesta para mí, en su libro 
intitulado Lágrimas, van á ser causa, esta vez, 
para prevaricar como crítico. Muy al contra- 
rio, dejo á un lado la juventud, la belleza y 
todas las virtudes de mi noble amiga; me ol- 
vido, por un momento, que es una niña, á quien 
es preciso agradar, haciendo coro al murmullo 
seductor que la alta sociedad y la gente de buen 
tono, forma en torno suyo, y con la más severa 
imparcialidad y franqueza, expongo mi humil- 
dísima opinión respecto del librito Lágrimas, 
que ha merecido ya elogios del doctor Teófilo 
E. Díaz y de don Eduardo Ferreira, así como 
de la ilustre escrítora cuzqueña, señora dona 
Clorinda Matto de Turnar, actual directora del 
Búcaro Americano y discípula aventajadísima 
del insigne Palma. 

Enemigo de todo lo que trasciende á simbo- 
lismo, me ha llamado, con mucha exactitud, 
un literato argentino, porque no pertenezco á 
la novísima escuela que, á tanto joven inteli- 
gente, seduce en América con un falso oropel. 
Tampoco soy clásico ni romántico. Yo amo la 
libertad en el arte, hasta cierto punto; yo soy 
obediente á las leyes, y predico (entre mis 
amigos, por cierto) el estudio de los autores 
llamados clásicos, pero aborrezco á los serviles 
imitadores de ciertas escuelas literarias, sobre 
todo si son extranjeras. Creo haber escrito lo 
suficiente sobre estos puntos, en varios artícu- 



XXVIII OPINIONES 



los, acogidos benignamente en revistas hispa- 
no- americanas, y como no quiero, por ahora, 
meterme en estos berenjenales, me basta decla- 
rar que sólo busco naturalidad y sentimiento 
en la poesía. 

Con esta ingenua confesión mía, compren- 
derá cualquiera, que el libro de la señorita 
Méndez Reissig es para mí una obra aprecia- 
bilísima. 

¿Hay naturalidad en la coleccionista de ver- 
sos que analizo? — ¡Cómo dudarlo, si su autora 
es una niña que no conoce el engaño, si es una 
artista que tiene convencimiento de su voca- 
ción ! Las composiciones en verso, que forman 
el librito en referencia, son tan naturales, tan 
fáciles, que á ello atribuyo ciertos descuidos 
de construcción. 

El mucho arte, en particular para los jóve- 
nes, y el pulimento exagerado en la frase, 
traen consigo el ofuscamiento de palabras y 
la consiguiente falta de naturalidad, que no 
es otra cosa que la sencilla manera de expre- 
sar los pensamientos de modo que cualquier 
lector crea que también él pudo haberse ex- 
presado así. 

¿Sentimiento? — También tienen las páginas 
escritas por la poetisa uruguaya; pero perdó- 
neseme la franqueza, no es un sentimiento ver- 
dadero, capaz de inspirar una emoción estéti- 
ca, ni de producir una verdadera obra de arte. 

La penetración constante de una idea, y nada 
más, ha obrado en el ánimo de la señorita 



OPINIONES XXIX 



Méndez Reissig, hasta hacerle sentir una es- 
pecie de tristeza, que es la inspiradora de sus 
cantos. 

Una niña que no conoce todavía el mundo, 
que embellecida por la inocencia y el candor, 
vive al abrigo de sus padres, no sabe que hay 
espinas en el sendero de la vida ; ignora que 
la traición y la falsía, el crimen y el engaño, 
la hipocresía y el vicio existen y conmueven el 
seno de la sociedad. Para las almas puras, 
para los corazones virginales y tiernos, el 
mundo no tiene sino pájaros y flores, y un cielo 
siempre azul, tachonado de estrellas. ¿Cómo 
explicEU", pues, el extraño fenómeno de que la 
joven poetisa afirme en sus versos que «o puede 
ser felix, porque siente — aunque ella no lo diga 
— ese mal que aquejaba al infortunado y té- 
trico Leopardi ? — La lectura le ha hecho co- 
nocer que el mundo es malo; y esta idea, hon- 
damente arraigada en su alma, ha conmovido 
su naturaleza delicada y sensible de mujer, 
hasta el punto de hacerle creer efectivamente 
que el mundo es malo, y escribir versos bue- 
nos, es cierto, impregnados de una tristeza mís- 
tica que agrada, pero que no son sinceros, 
porque no son sentidos. 

Si las bondades de la señorita Méndez Reis- 
sig para conmigo rae autorizasen para tanto, 
yo le aconsejaría que contemple con más calma 
la pródiga naturaleza uruguaya; que deje va- 
gar libremente su alma ardiente y soñadora 
por el edén en que habita; que lea los libros 



XXX OPINIONES 

de Zorrilla de San Martín, su paisano, y que 
componga versos americanos, juveniles y cre- 
yentes. El dolor, verdadero ó fingido, conduce 
á la duda, á la desesperación ; y yo no conozco 
poesía escéptica. 

En resumen, como escribo para el Guaya- 
quil Artístico, cuyo programa pide artículos 
cortos, me abstengo de presentar ejemplos de 
los buenos versos que sabe hacer la poetisa 
uruguaya, limitándome á decir que el librito 
LÁGRIMAS tiene mucho de poético, y que su be- 
lla y noble autora es digna de ser conocida 
donde quiera que se hable la lengua castellana, 
porque donde quiera se conquistará aplausos 
sinceros, como el humildísimo mío. 

Remigio Romero León. 

Ecuador, Cuenca, Febrero de 1901. 



LÁGRIMAS 



QUEJAS DEL CORAZÓN 



El destino tristísimo, inclemente 

Ha sellado mi frente 
Con el sino terrible del dolor; 
Invencible poder tiene la garra 

Que en mi pecho desgarra 
Las ilusiones de mi vida en flor. 

Con afán miro el cielo, y ni una estrella 

Brillante, pura y bella, 
Hallo, que venga á iluminar mi sien ; 
Todas brindan sus rayos á otros seres 

Que, en medio de placeres, 
Su vida han convertido en un edén. 

En vano busco venturosa calma, 
Que anhelante mi alma 

Pide á gritos, cansada de sufrir; 

Nadie escucha mi llanto dolorido, 
Y el corazón herido 

Sólo espera la dicha de morir. 

1899. 



LAGRIMAS 



DESCONSUELO 



¿Qué mano misteriosa, acerba y dura • 
Va guiando de mi vida los destinos, 
Y envolviéndome en recios torbellinos 
Ha muerto mi esperanza y mi ventura ? 

Hoy por siempre los rayos ha escondido 
Del astro rey que iluminaba mi alma; 
¡ Ay, las horas tan plácidas de calma. 
Para siempre también las ha extinguido ! 



1699. 



LAGRIMAS 



SCONFORTO 

( TRADDCCldN DE LA SEÑORITA N. O. DE LA S. ) 

Ah ! qual mano misteriosa e greve e dura 

II destin va guidando di mia vita; 

E scombiando l'anima smarrita, 

Ogni speranza uccise, ogni mia ventura? 

Oggi per sempre dess'ha eclissato i rai 
Deír astro magno che irradiava 1' alma, 
E distruggea, ahime! anco la calma 
Deír ore soavi. . . e per sempre omai! 



LAGRIMAS 



DELIRIO 

No puedo ser feliz: yo anhelo, aspiro 
Algo que el mundo déspota nos niega; 
Algo consolador, algo que mate 
Negros fantasmas que mi mente crea; 

Algo que extinga el tedio que me embarga, 
Que me aliente en las luchas de mi vida; 
¡Ay, que enjugue mis lágrimas si lloro 

Y que calme el pesar del alma mía! 

Yo busco corazones puros, grandes, 
Ajenos á la envidia, al mal y al vicio; 
Corazones amigos que palpiten 
Con el ardor con que palpita el mío. 

Yo busco la amistad, siento nostalgia 
De esa fuente de bien y de ternura; 
Pero. . . ¡en vano buscar, si ante mi paso 
Se alza el negro fantasma de la duda ! 

Y entre la duda del que fué engañado, 

Y la ansiedad del que cariño implora, 



LAGRIMAS 



Caen mis ilusiones destrozadas 
Como la flor que el huracán deshoja. 

No puedo ser feliz: yo anhelo, aspiro 
Algo que el mundo déspota nos niega; 
Algo consolador, algo que mate 
Negros fantasmas que mi mente crea. 

1900. 



LAGRIMAS 



¡OH LIRA! 



Tú que sabes la lucha que sostiene 
Mi corazón, ha tiempo destrozado, 
Dile al mundo que burla tus gemidos, 
Que al son de mis congojas has vibrado. 

Cuenta que cruel pesar sm-có mi frente, 
Que ya no hay en mis ojos luz ni llanto ; 
Que extinguieron mis bellas ilusiones 
El terrible dolor y desencanto. 

Di que en los breves años de mi vida 
Sólo espinas hallé por mi camino; 
Y que mi corazón es grande y muere 
Bajo el peso fatal de su destino. 

1899. 



LAGRIMAS 



¿RESPONDE? 



¿No está en mi rostro pálido y sombrío 

El cruel dolor sellado; 
No ves huellas de lágrimas que, ardientes, 

Mi mejilla han surcado?. . . 

¿No escuchas de mi pecho los sollozos 

De amargo desconsuelo; 
No sabes cómo arrasan á mi alma 

Esas horas de duelo?. . . 

¿No vislumbras qué esfuerzo sobrehumano 
Hago por mostrar calma ; 

Y no ves el dolor grande, profundo, 
Que va minando mi alma?. . . 

¡Oh!. . . no, tú nada ves, nada descubres 

De mi pena y quebranto ; 
¡Ay, tú las borrarías, si supieras, 

Enjugando mi llanto! 

1899. 



LAGRIMAS 



DESEO 



Si quitarse la vida es rudo crimen, 
¡Quién pudiera arrancarse la razón, 

Y vagar por el mundo sin conciencia 
Del placer, el engaño y la aflicción ! . . . 

¡ Quién pudiera olvidar sus penas todas, 
De nuevo abrir el alma á la ilusión!. . . 
¡Ay, es crimen quitarse la existencia 

Y no es crimen herir un corazón ! 

1899. 



LAGRIMAS 



DESEJO 

( TRADUCCIÓN DEL SEXOR J. J. ) 



Se roubar-se a existencia e negro crime, 
Queni pudera arrancar -se só a razao, 
E vagar pelo mundo sem consciencia 
Do prazer, do engaño e da alflictao! 

Quem pudera esquecer as penas todas, 
E de novo engolfar -se na ilusao!. . • 
Ai! e crime roubar-se a propia vida, 
E nao e crime ferir-se um cora^ao! 



10 LÁGRIMAS 



QUEJAS 



Soy el canto que triste el alma lanza 
Llorando entre sus ruinas y el olvido ; 
Soy el débil y el último latido 
De un corazón que agonizando está. 

Yo soy el grito aterrador que suena 
En el cóncavo hueco de una turaba; 
Soy el lamento amargo que retumba 
En un cerebro hastiado de pensar. 

Soy el recuerdo de un amor ya muerto; 
Soy la sombra, no más, de la ventura; 
Soy un cáliz inmenso de amargura 
Que desbordando siempre. . . siempre está. 

Soy la pálida estrella que se eclipsa 
En montañas y negros nubarrones; 
Soy la incredulidad de las pasiones 
Que con áureo color suelen pintar. 

Soy la fatalidad, fiera sin nombre 
Que á un abismo sin fin se precipita, 
Que ni un rayo de luz, santa y bendita, 
Le iluminó su sien jamás .. . ¡jamás! 

1899. 



LÁGRIMAS 11 



Á MARÍA H. SABBIA Y ORIBE 



De laureles, azahares y jazmines 
Tejiera en mi amistad bella guirnalda, 
Que ciñendo tu sien alabastrina, 
Fuera á envolverse en tu graciosa falda. 

Yo alfombrara la senda que tú surcas, 
De mirtos, margaritas y mimosas; 

Y arrojara á tu paso, deshojados. 
Lirios preciados y soberbias rosas. 

Tú tienes algo de ángel en el alma, 
Sombras del cielo en tus azules ojos; 

Y arraneas de tu lira bellos himnos, 
Pulsándola risueña sin enojos. 

Yo, que arranco tan sólo tristes notas 
De mi enlutada lira, cuando canto, 
Para mi tumba anhelo una corona 
De violetas regadas con tu llanto. 

1899, 



LAGRIMAS 



A FRANCISCA OFELIA BERÍ^IUDEZ 

No hay en el mundo más 
que un exceso recomen- 
dable: el de la gratitud. 
Labboykrb . 

El amigo consejo que me envías 

Lo acepto, llena mi alma de emoción; 

Y al expresarte gratitud, te ruego 

Que no dudes que á Dios brindo mi amor. 

No dudes que mitigo mis tristezas 
Si ferviente me entrego á la oración, 

Y olvido la crueldad de los que engañan, 
Cuando poso mi vista en el Señor. 

Y si llamé la muerte, delirante, 
¡Ay! créeme, fué acosada de dolor; 
Porque cuando un tormento nos maltrata. 
El alma busca la región de Dios. 

Pero jamás mis penas y dolores 
Borrarán de mi joven corazón 
La fe sublime que ha encendido en mi alma 
La mano bienhechora del Creador. 

1899. 



LÁGRIMAS 13 



EN EL ÁLBUM 

DE MI DISTINGUIDA AMIGA LUISA SEGUNDO 

Para dejar en tu álbum mi recuerdo, 
Hacia el jardín de mi alma 

Llegué en busca de flores. ¡ Ay, marchito 
Aquel jardín se hallaba!. . . 

Busqué en mi corazón las alegrías, 

Llamé mis esperanzas; 
Nadie me respondió: ¡en él, tan sólo, 

Hallé lásrrimas. . . . lágrimas!. . . 



Si no tengo alegrías y están mustias 
Las flores de mi alma, 

Cual recuerdo de afecto, en esta hoja, 
¡ Ay, dejaré una lágrima! 

190O. 



14 LÁGRIMAS 



HERMANA 



Tú, que huyendo del mundo, do el engaño 

Envenena la vida, 
Das al bueno consuelo en su tristeza. 

Con bondad infinita; 

Tú, que al malo, descreído, siempre enseñas 
La religión sagrada, 

Y guiándolo en sus dudas y deliquios, 

Das fe sublime á su alma ; 

Tú, que al huérfano pobre, abandonado 

Por una madre impía. 
Le ofreces tu ternura y resignada 

Velas sobre su vida; 

Tú, la santa mujer que amo y venero, 

¡Oh dulce religiosa! 
Responde si en la vida de los claustros 

Hay paz para el que llora. 

Dime: ¿la senda que tu planta surca, 
No tiene, hermana, espinas; 

Y á tu mansión sagrada nunca llega 

Del mundo la malicia? 

1900. 



LÁGRIMAS 15 



NO VOLVERÁN 



¿Crees que m¡ corazón entristecido 
Se abrirá nuevamente á la ventura? 
Tú no sabes que henchido de amargura 
Se agita sin cesar. 

Y deliras al creer que la esperanza 
Puede volver de nuevo al alma mía; 
¿Ignoras que mis horas de alegría 
No tornarán jamás? 

¡Oh! no. . . no me entusiasmes con quimeras. 
No me hables de los goces y el contento ; 
Yo, en mis desvelos, con horror presiento 
Que nunca volverán. 

1899. 



16 LÁGRIMAS 



¡FE! 



He llamado la muerte muchas veces 
Cuando, despedazado el corazón, 
Apuraba amargura hasta las heces 
Quitando á mi cerebro la razón. 

Sí, deseaba morir en esas horas 

Que hasta tu amor mezquino imaginé; 

Y dando fuerza á ese dolor que ignoras, 
De este mundo traidor yo blasfemé. 

¡Ay!. . . maldije el tormento y negra suerte 
Que el destino, ¡infeliz! me designó; 
¡Sin encantos, sin fe, pedí la muerte, 

Y el corazón de llanto rebosó ! 

Hoy siento que se aduerme mi honda pena . . . 
¿Confiando en el mañana?. . . No lo sé; 
El cielo de mi vida se serena. 
Oigo una voz que grita á mi alma: ¡Fe! 

18S9. 



L.AGRIMAS 17 



ESTROFAS 



Dedicadas al ilustre vate ar- 
gentino don Carlos Guido 
y Spano. 



Hay seres en el mundo que creen que la ventura 
Se agosta con los años y no con el dolor ; 
¡Ay, cuántos corazones temprano se destrozan 
Cual delicados lirios que arrasa el aquilón! 

¡Cuántos lloran perdidas las dulces ilusiones 
Que en juvenil delirio su mente se forjó! 
i Ah! muchos. ..muchos tienen el alma envejecida 
Mientras que el cuerpo joven ostenta su vigor. 

Mil veces yo me muestro con mi cerviz erguida, 

Y aquí en mi pecho joven rugiendo está un dolor; 

Y al repetir que sufro, se burlan de mis quejas, 
Porque la pena negra tan sólo la ve Dios. 

Enero 19 de 1900. 



18 



LAGRIMAS 



TUYO 



¡Imposible olvidarte!. . . ¡Si te adoro 
Con todo el corazón, con toda el alma! 
¡Imposible olvidarte!. . . Este cariño 
Ha vuelto á mi existir la fe y la calma. 

¡Imposible olvidarte!. . . Nunca dudes 
De la firmeza de mi amor profundo; 
El da ideas y fuego á mi cerebro, 
Calma mis penas y embellece el mundo. 

¡Oh! no dudes jamás... que yo por siempre 
Te entrego el corazón lleno de amores; 
¡Es tuyo. . . ¡sólo tuyo!. . . dale vida, 
Borrando sus tristezas y dolores! 



1900. 



LÁGRIMAS 19 



UNA LÁGRIMA 



Á la memoria de la inolvi- 
dable Casiana Flores. 



Al compás de la briáa perfumada, 

El pino y el ciprés 
Del viejo cementerio, se mecían 

Con suave languidez. 

Destacaba en el cielo azul y limpio 
La negra y alta cruz 

De la torre, do débil se posaba 
Del sol la última luz. 

Y cantando, las silvias y gorriones 

Daban al día adiós; 
O tal vez elevaban por los muertos 

Una plegaria á Dios. 

Yo pasé largas horas contemplando 

Aquel santo lugar: 
Pensaba en las historias ignoradas 

Que allí se han de encerrar. 



20 LÁGRIMAS 



¡Cuántos, me dije, corren por el mundo 

Anhelando morir; 
Y cuántos, ¡ ay ! á descansar se fueron 

Llorando por vivir ! 



¡ Y al recordarte, amiga idolatrada, 

Mi corazón gimió; 
Y una lágrima ardiente de mis ojos 

Temblorosa brotó! 

1900. 



\ 



LÁGRIMAS 21 



¿POR QUÉ...? 



¿Por qué mis tristezas te causan enojos; 
Por qué cuando el llanto desborda en mis ojos 
Tu frente se surca con dura expresión? 

¿Y por qué en las horas que el pesar me acosa, 
De tu labio escucho blasfemia enojosa, 
En vez de apacibles palabras de amor? 

Sabes que el Destino me hiere inclemente ; 
Sabes que abatida yo inclino mi frente 
Bajo el peso rudo de cruel sinsabor; 

Y sabes que te amo, que sufro, que lloro, 
Que paz y ternura sólo á ti te imploro: 
¿Por qué me las niegas, mi vida, mi Dios? 



1900. 



22 LÁGRIMAS 



I 



ORO Y PENAS 



No envidiaré tu sin igual belleza, 

Ni me deslumhra el oro que malgastas; 

Pero envidio, te juro, mujer linda, 

Tu frialdad, tu egoísmo y tu ignorancia. 

¡ Ah, tú eres tan feliz ! Tú nunca inclinas 
Bajo el peso del duelo, tu alba frente; 
Tú ríes de las lágrimas y penas, 
De esas penas que á mí me dan la muerte. 

Raro contraste el nuestro: tú no sufres, 

Y en mi pecho el dolor agudo impera ; 
Para ser grande tú precisas oro, 

Y yo tan sólo necesito penas. 

1899. 



L.VGRIMAS 23 



TU IMAGEN 



Al cuello llevo, en un estuche de oro, 
Tu imagen ¡ tan querida ! 

Es mi fiel compañera en los instantes 
Tan negros de mi vida. 

Ella escucha la queja abrumadora 

Del corazón herido ; 
Y calma mis pesares, recogiendo 

Mi llanto y mi gemido. 

Tu imagen, siempre dulce, me enardece 
Con su inmensa terneza; 

Ella, sonriente y cariñosa, borra 
Mis horas de tristeza. 

1900. 



24 LÁGRIMAS 



I 



TU AMOR 



Tengo un amor enviado de los cielos, 
Un amor que es mi dicha, mi ventura; 
Un amor que en las horas de tristeza 
Disipa mi dolor y mi amargura. 

Cual sol que va alumbrando mi existencia 

Y dando aliento á la esperanza mía, 
Me dice: «El porvenir ya no es sombrío, 
Eternamente yo seré tu guía. 

Y seré inspiración sublime, ardiente. 
Que hará vibrar tu lira enternecida; 
Te arrancaré del alma los temores, 
Dando á tu corazón calor y vida. 

Remontaré tu joven fantasía 

A un mundo de venturas y placeres; 

Y murmurando á tu oído dulces frases, 
Te haré la más feliz de las mujeres.» 

Con este amor, que emana de los cielos, 
Me muestro siempre firme y aguerrida; 
No me vencen las penas : las ahuyenta 
Este amor, que es la vida de mi vida. 

1899. 



I 



LAGRIMAS 20 



TEU AMOR 

( TBADUCCIÓN DEL SEXOR J. J. ) 

Tenho um amor que foi dos céos enviado, 
Um amor que é minha dita, minha ventura; 
Um amor que ñas horas de tristeza. 
Dissipa minha dor, minha amargura. 

Qual o sol, elle aclara -me a existencia 
Dando -me alentó, e a esperanza um dia 
Disse: «O teu futuro ja njio é sombrío, 
Eternamente q' eu serei teu guia; 

Serei inspira^ao sublime, ardente, 
Farei vibrar tua lyra enternecida; 
Te arrancarei d'alma vaos temores, 
Dando ao teu corafao calor e vida. 

Remontarei tua joven fantasia 
A' un mundo de venturas e prazeres; 
Doces phrases dizendo-te ao ouvido, 
Seras a mais feliz d' entre as mulheres. » 

Con este amor, emanagao celeste. 
Me sinto sempre forte e aguerrida; 
Nao me vencem as dores: as afugenta 
Este amor que é a vida de minha vida. 



N 



26 LÁGRIMAS 



¡SIGAMOS! 



Sigamos, ¡oh! sigamos por la escabrosa senda, 
Que al fia de estas miserias habrá tiempo mejor; 
Tú serás en mi vida la estrella que me guíe, 
Yo endulzaré tus días con mi ferviente amor. 

Sigamos adelante; no inclines, no, la frente 
Porque la suerte, hoy negra, nos hiera: ¡ten valor! 
Yo soy mujer y lucho, porque luchando espero 
Vencer tanta desdicha, vencer tanto dolor. 



1899. 



LÁGRIMAS 27 



DEL ALMA 



Para la eximia escritora pe- 
ruana Sra. Clorinda Matto 
de Turner. 



Si algún día llegaran á tu oído 
Los ayes lastimeros de mi musa, 
No rías al saber que joven lloro, 
Ni te unas á esa masa que me acusa. 

No grites cual los necios que imaginan 
Que la pena y horrenda desventura 
Mina sólo los viejos corazones. 
Porque en la juventud todo es dulzura. 



Tú sabrás que soy joven, pero ignoras 
El secreto terrible de mi pena; 
Algunos te dirán que miento: ¡impíos! 
No les conduele la desgracia ajena. 

1900. 



28 LÁGRIMAS 



¡NO LLORES MAS...! 

Iso llores más, poeta, 

Y de tu pecho arranca 

El dardo del dolor que te consume; 
¡Vuelve. . . vuelve á la calma!. . . 

Si amastes, y, cobardes, te engañaron, 

No martirices tu alma 

Con el recuerdo de una dicha muerta, 

Que la mujer que engaña 

No merece ni amor, ni llanto, ni odio. 

¡ No ... no merece nada ! . . . 

No llores más, poeta; 

¡No llores, que tus lágrimas 

Extinguirán la luz de tus pupilas 

Y quemarán tu alma!. . . 

Jamás digas al mundo tus tristezas, 

Tus dudas y tus ansias; 

El mundo no comprende los dolores 

Y burla las desgracias . . . 

Sea tu corazón, amigo mío, 

Una tumba ignorada. 

Que guarde de tu vida los secretos 

Y el ataúd de tus lágrimas! 

1900. 



LÁGRIMAS 29 



UN SUENO 



Formando mil castillo?, mil quimeras, 
Las horas placenteras 

Transcurrieron anoche, vida mía; 

¿Recuerdas cuan felices y contentos 
Y entre mil juramentos 

Nos despedimos hasta el nuevo día? 



Ya dormida, cambiaron mis visiones; 

Los recios aquilones 
De un tempestuoso sueño me envolvieron; 
Mi pecho sollozando se agitaba, 

Mi corazón temblaba, 

Y estas quejas mis labios profirieron: 

«¿Qué vale para mi alma edad tan bella, 

Si huyó por siempre de ella 
La luz de la ventura y la esperanza ; 

Y los terribles giros de la pena 

Que á mi pecho envenena 
Ni un instante me ofrecen de bonanza? 



30 LÁGRIMAS 



Sin poder mitigar, ¡ay! mis pesares, 

A los crueles azares 
De la suerte, rendida me abandono; 
Porque mina, abrasando mi cabeza, 

La invencible tristeza 
Que á mi existir se arraiga con encono. 

Busco en vano la amiga cariñosa 

Que apacible y gozosa 
Quiera calmar mis penas y quebrantos; 
Y hallo tan sólo ingratitud y desvío, 

Y el inmenso vacío 

Que nos traen los terribles desencantos. 

Di á un hombre el corazón y toda el alma, 

Y en venturosa calma 
Viví feliz creyendo en su cariño; 
Inmenso era el amor que me ofrecía, 

Y cuando el alma ansia 

Gozar, se entrega con la fe de un niño.» 



Sé que me amas con sin igual ternura, 

Y esa inmensa ventura 
No logra desterrar de mi memoria 
Los recuerdos tan tristes de este sueño, 

Que con tenaz empeño 
Quiso hacer desgraciada nuestra historia. 

1900. 



LÁGRIMAS 31 



LO QUE ANHELO 



lío es mi afán el afán de los que aspiran 

Tener del vate el lauro; 
Yo jamás he soñado con la gloria, 

Ni me excita el aplauso. 

No me importa la voz triunfal que arrancan 

Mis versos elegiacos; 
No importa que censuren la amargura 

Que desbordo en mis cantos. 

Sólo anhelo, al pulsar mi triste lira, 

Dar á mi alma consuelo; 
Y complacer, mi vida, tus afanes, 

Brindándote mis versos. 

1900. 



32 LÁGRIMAS 



PERDÓN! 



Sí, perdonar es creer en lo grandioso, 
Es imitar al Redentor divino; 
Tú me imploras perdón por lo que hiciste, 
Y mi perdón te brindo. 

Que sufrí, tú lo sabes; era grande 
El sacrificio que mi amor me impuso: 
Callar, siempre callar, vivir muriendo 
Sin doblegar mi orgullo. 

Mas, todo ya pasó; las nubes negras 
Que empañaron el cielo de mi dicha, 
No volverán, ¿verdad, bien de mi alma, 
A obscurecer mi vida? 

1901. 



LÁGRIMAS 33 



UNA CONGOJA 



El egoísmo atroz de algunos seres 
Abrió en mi corazón profunda herida; 

Y hoy vago por la tierra, siempre triste, 

Y á veces, ¡ay! me pesa hasta la vida. 

¿Cómo buscar en la amistad del mundo 
La dulzura, ¡oh mi Dios! y la bonanza? 
¡Qué pueden los extraños á mi pena. 
Si los que amaba tanto, 
Destruyeron mi paz y mi esperanza! 

1900. 



34 LÁGRIMAS 



¡OH LUNA! 

Para ti. 

¡Oh Luna! tú que alumbras mis pálidas mejillas, 
¡Oh Luna! tú que miras mis lágrimas correr, 
Sobre su frente posa tus rayos diamantinos 
Y dile que le aguardo, que pienso sólo en él! 

Dile que lejos suyo mi corazón se oprime, 
Que mi existencia acaba, que horrible es mi aflicción; 
Que vuelva, que mi vida es sólo. . . sólo suya, 
¡Oh! dile, Luna bella, ¡cuan inmenso es mi amor! 

1900. 



LÁGRIMAS 35 



OH LUNA! 

(TRADUCCIÓN DE LA SeSToEITA N. O. DE LA S. ) 

Luna, tu che rischiari nel tuo silente viaggio 
Queste mié guancie smorte; tu che redi ¡1 mió piante, 
Sulla sua fronte posa l'argenteo tuo raggio 
E che l'attendo, digli, á Lui pensando, ahi quanto! 

Digli che torni: Lui lontano in angopcia crudel 
Languo e mi stremo, . . . che a Lui per sempre tutto ¡1 mió cor 
Ho dato, tutto!. . . O Luna bella che sorride in ciel, 
Per me Timplora e svelagli il mió immenso amor! 



, 



36 LÁGRIMAS 



CARCAJADAS Y LÁGRIMAS 



— ¡Poetas!. . . dijo un necio, y tras la frase 

Lanzó una carcajada; 
jAy! pobres locos, agregó, que viven 

Mártires de sus ansias. 
Ellos, soñando siempre, ó se remontan 

Á un cielo de bonanza, 
Ó blasfeman del mundo y sin consuelo 

Dejan correr sus lágrimas. 
¿Tienen Dios esos hombres? ¿Quién los guía? 

¿Ellos no tienen alma? 
¿Quién da forma á sus pobres pensamientos? 

¿Quién diz que tienen alas?. . . 

— ¡Oh! necio, respondió una voz tan dulce 

Como acorde de un arpa; 
El Dios de los poetas no es el tuyo, 

Ni como tu alma es su alma. 
Su Dios es grande, vive allá en la cumbre, 

Donde la regia llama 
De lo ideal y perfecto siempre alumbra 

La fe y la esperanza. 



LÁGRIMAS 37 



La luz de las estrellas ilumina 

Su cerebro, y sus alas 
Son suaves como pétalos de lirio, 

Como la Luna blancas. 

Y mientras tú te arrastras por el mundo 

Riendo á carcajadas, 
Al cielo los poetas se remontan 

Y en el seno de Dios dejan sus lágrimas. 

1900. 



38 LÁGRI3IAS 



UNAS FLORES 

Á lui di!<tiDguida amiga Zoa- 
lina Iriaite. 

Con dulce galantería, 
Un señor muy distinguido, 
De flores me ha remitido 
Una fresca y blanca guía. 

Después de enviarme el regalo, 
Según oí, al señor 
Le asaltó cierto temor 
Juzgándolo un acto 7nalo. 

Pero sus años son tantos. 
Que su obsequio á honrarme viene; 
Para mí, un anciano tiene 
Muchos y muchos encantos. 

¿Acaso no es un honor 
Llamar amigo á un anciano?. . . 
Siempre una rugosa mano 
Nos ayuda y da valor. 

Yo agradezco de verdad 
Sus flores, que son tan bellas; 
Porque en los cálices de ellas 
Hay perfumes de amistad. 



1901. 



LÁGRIMAS 39 



CORAZÓN RESUCITADO 

DE JULIETA DE MELLO MONTEIRO. — ( Traducción ) 

Juzgúelo muerto: ¡el mísero vivía! 
Mísero que, para vivir penando, 
Mejor le fuera el sueño dulce y blando 
Que no siente dolor, ¡ay! ni alegría! 

Preso á las rocas, Prometeo gemía, 
Siendo pasto fatal de negro bando; 
Mi corazón también se va afinando, 
Preso al yugo de amor que lo oprimía. 

Ardiente en llamas de su celo ardiente. 
Nuevo Ótelo, en un ímpetu ferviente 
Tienta olvidar quien lo bolla día adía. . 

Mas la barrera cruel se yergue altiva, 
Y el muerto resurgido en llama viva, 
Fíngese inerte y vive en la agonía. 



40 LÁGRIMAS 



CONSULTA 

DE ANTHKKO DE QÜENTAL. — ( TradUCCiÓn ) 

Llamando en torno de mi frío lecho 
Las memorias mejores de otra edad, 
Figuras que en las noches, con piedad, 
Se inclinan á velar sobre mi pecho 

Díjeles:— En el mundo inmenso, estrecho, 
¿Vale acaso la pena, en ansiedad 
Haber nacido? Digan la verdad, 
Pobres memorias que yo al seno estrecho.. . 

Pero ellas perturbáronse, ¡cuitadas! 
Palideciendo mucho, contristadas, 
Hasta la más dichosa, más serena, . . 

Después, cada una de ellas, lentamente, 

Con una risa mórbida, pungente. 

Me ha respondido:— ¡No vale la pena! 



LÁGRIMAS 41 



SONETO 

DK ANTUERO DE QUENTA.L. — (Traducción) 

Sólo por ti, astro aún, y siempre oculto, 
Sombra de amor y sueño de verdad, 
Divago por el mundo en ansiedad, 
Mi propio corazón en mí sepulto. 

De templo en templo llevo yo mi culto, 
Llevo las flores de íntima piedad, 
Veo los votos de mi mocedad 
Recibir solamente escarnio, insulto. 

A orillas del camino me senté. . . 
Escuchando pasar agreste viento, 
Me dije: ¡que así pase cuanto amé! 

¡ Oh mi alma, que creíste con quietud ! 
¿El qué, será vejez y desaliento, 
Si esto se llama aurora y juventud? 



42 LÁGRIMAS 



VOZ INTERIOR 

DE ASTHEEO DE QUEXTAL. — ( Traducción ) 

Embebido en nn sueño doloroso, 
Que atraviesa fantásticos clarones, 
Tropezando en un polvo de visiones, 
Mi pensamiento bulle tumultuoso, . • 

Del mar como bramido tempestuoso 
Que arroja hasta los cielos sus cajones, 
Al través de una luz de exhalaciones, 
Me envuelve el universo tan monstruoso. 

Un ¡ay! profundo, un trágico gemido 
Que llega sin cesar hasta mi oído 
Con horrible, monótono vaivén . . . 

Sólo en mi corazón que sondo y mido, 
No sé qué son por mí desconocido. 
Protestando eu secreto, afirma el Bien. 



LAGRIMAS 43 



MUERTE. -AMOR 

DB AXTiiERO DK QUENTAL. — ( Traducción) 

Ese negro corcel, cuyas pisadas 
Escucho en sueños cuando ya anochece, 
Y, pasando al galope, me aparece 
De noche en las fantásticas estradas, 

¿De dó viene él? ¿Qué sendas tan sagradas 
Y terribles cruzó, que así parece 
Tenebroso y sublime, y le estremece 
No sé qué horror sus crines agitadas? 

Un caballero de expresión potente, 
Formidable, en su porte muy prolijo. 
Vestido de armadura reluciente. 

Cabalga en esa fiera sin temor: 

— ¡Yo soy la Muerte! el negro corcel dijo. . . 

Responde el caballero: — Yo el Amor! 



44 LÁGRIMAS 



CREPUSCÜLAJl 



Enviando el risueño Febo 
Su último beso al paisaje, 
Ocultóse lentamente 
Tras los añosos pinares. 



Los azahares se deshojan, 
Las ro?as blancas se besan, 

Y el ambiente se perfuma 
Con jazmines y violetas. 

Y van cruzando ligeras, 
Empañando el azul cielo. 

En grupos, las blancas nubes. 
Impulsadas por el viento. 

Aparece entre las nubes 
Alguna pálida estrella, 
Mientras canta entre el follaje 
El zorzal dulces endechas. 

Ya la voluptuosa reina 
De la noche se levanta 

Y acaricia con sus flecos 

Mi frente, ¡ay, tan mustia y pálida!. 



LÁGRIMAS 45 



¡Cuánta belleza en el cielo! 
¡Cuánta poeeía en la tierra! 
Aquí perfumes y trinos, 
Allá nubes, luna, estrellas. 

y ante el sublime paisaje. 
Mi corazón, ¡pobre enfermo! 
Se estremece, y deleitado 
Mi espíritu vuela al cielo. 

1900. 



46 LÁGRIMAS 



INVOCACIÓN 



Dime, Señor, ¿por qué quien cree y confía 
En tu clemencia celestial, padece, 

Y envuelto en negras sombras se estremece 

Y hasta de su razón, ¡ay! desconfía? 

¿Por qué, dime, Señor, el alma mía, 
Si la fe que le inspiras no decrece, 
En la onda amarga del dolor se mece 

Y su existir es sólo una agonía? 

¿Por qué será?. . . ¡Tal vez el torbellino 
Que de crueles espinas mi camino 
Ha sembrado hasta hoy, en lo futuro 

Será la brisa leda que reclama 

Mi alma, y del sol de la ventura, llama 

Que alumbre una existencia triste, obscura! 

1902. 



LÁGRIMAS 47 



ignívoma 



Yo he de probarte que la lira mía, 
Que bellos himnos á mi amor le canta, 
Tiene también terribles vibraciones 
Que sin desprecios, sin insultos, matan!. . . 

Yo he de probarte, sí, desventurada, 
Que en mi alma, fiel raudal de sentimiento. 
Para aquella que cruza en su camino 
También hay gotas de infernal veneno!. . . 

Yo he de probarte, sí, que de mis labios, 
Do brotan frases de ternura llenas, 
Con su voz cadenciosa y triste, puede 
Ante el mundo quitarte la careta!. . . 

Yo he de probarte, sí, que no tan sólo 
Aprendí á tejer rimas con lágrimas : 
Sé también escribir con tinta negra, 
Kimas tan negras, como negra es tu alma. 

1902. 



48 LÁGRIMAS 



SUFRE Y CALLA 



¡Sufre y calla, mujer, si en tu camino, 
Que debió ser sembrado de azucenas. 
Sin merecerlo, hallaste crueles penas 
Y las terribles zarzas del pesar ! 

¡Sufre y calla, mujer, si de la suerte 
Ya probaste los duros desengaños; 
Que á los ojos del mundo sean extraños 
Tus instantes de dudas y dolor ! 

Si tu belleza sin igual no ha sido. 
Unida á las bondades de tu alma. 
Un lazo fuerte que tan sólo calma 
Te pudiera en tus días ofrecer, 

No divulgues tu pena: calla y sufre. 
Reconcéntrate en ti, confía en el cielo. 
Echa sobre la infamia obscuro velo, 
Espera resignada y cree en Dios ! 

1902. 



LÁGRIMAS 49 



¡LAURELES! 



Busca el bardo laureles, é imponente 
La idea en su cerebro arde cual pira, 

Y arranca entusiasmado de su lira 

La estrofa que un laurel brinda á su frente. 

Busca fama el pintor; con celo ardiente 
Traza la línea que su genio inspira, 

Y en su paleta embadurnada mira 
Reflejado su triunfo. . . Audaz, creyente, 

En su cincel confíase otro artista, 

Y ya en las curvas de la estatua avista 
Verdores de laurel, chispas de gloria. . . . 

¡Ay! también el soldado busca ardiente, 
En el campo do corre sangre hirviente, 
El laurel que corone su victoria! 

1902. 



50 LÁGRIMAS 



MI DIOS 



Aquí en mi corazón, donde apacible 
El bien y la bondad se refugiaba; 
Aquí, donde tan sólo se agitaba 
La dulce compasión; 

Aquí en mi corazón, donde nacieron 
De la amistad y amor la ardiente llama, 
¡Cómo ruge, mi Dios?, cómo se inflama 
El desprecio, las dudas y el dolor! 

1S02. 



LÁGRIMAS 51 



CREO.. 



Creo en la luz del astro rey, y creo 
En los rayos plateados de la luna, 

Y en el claro cristal de la laguna 
También mi creencia reflejada veo!. . . 

En el azul de lo infinito leo 

El nombre de la fe que ardió en mi cuna; 

Y las estrellas me hablan, una á una, 
De lo grande, de Dios, y siempre creo!. . . 

Creo en la flor que su perfume exhala; 
Creo en el cóndor, que al tender su ala, 
A las alturas se remonta airado!. . . 

Creo, Señor, en tu poder grandioso, 

Y en tu clemencia creo, astro radioso. 
Que iluminas los mundos que has formado! 



1902 



52 LÁGRIMAS 



MI MUERTA! 



Después de una noche terrible de lucha, 
¡Oh, noche muy negra! 

Con paso inseguro me acerqué temblando 
Donde, ¡aj'l fría, inmóvil, 
Estaba mi muerta. 

Tendida en un lecho de brocato y flores, 

¡Cuan pálida estaba! 
C-euía su ondeado y oscuro cabello. 

De mirtos y azahares 

Virginal guirnalda. 

Blanco era su traje, y un velo cubría 

Su frente de lirio, 
Y sobre su pecho sin vida, ya yerto, 

Bajo el velo casto 

La imagen de Cristo. 

Así, con el velo, los mirtos y azahares. 

Así te soñaba; 
Mas no yerta, inmóvil, rodeada de cirios; 

¡Oh no, mi querida!. . . 

¡Oh no, mi Esperanza! 



LAGRIMAS 



Yo te vi en mis sueños radiante y muy bella^ 

Vestida de blanco; 
Con mirtos y azahares tu oscuro cabello 

Feliz te adornaba, 

Con tierno cuidado. 

Yo te vi en mis sueños con nupciales galas, 

Dichosa, contenta. . . . 
Mas, ¡ay suerte impía! mis sueños mintieron: 
Te he visto de blanco, con mirtos y azahares, 

Pero muerta. . . ¡muerta! 

Marzo 25 de 1900. 



54 LÁGRIMAS 



RIMAS 



Desgarraban á mi alma sus lamentos, 

Y al escuchar su triste y débil voz, 
Que cesaran sus ayes imploraba 
Con inmenso fervor. . . . 

Mas, después el silencio de la muerte 
Oprimía mi herido corazón ; 

Y entonce á Dios pedía delirante 
Escuchar sua gemidos y su voz. 

1900. 



LÁGRIMAS 55 



AZAHARES 



Estos azahares son los que adornaron 
La oscura cabellera de mi muerta; 
S¡ imprimo en ellos con ardor mis besos, 
Consuelo mi alma enferma. 

Parece que en sus cálices guardaran 
De aquel cerebro amado un pensamiento; 
Y en su idioma me cuentan estas flores 
Algo de Ella y del cielo. 

1900. 



56 LÁGRIMAS 



SÚPLICA Á DIOS 

Para mis padres querido*. 

\ Señor, Señor, cuan hórrido tormento 

Sentir que bate el viento, 
Incesante, la obscura celosía!. . . 
Trae á mi mente, el huracán furioso, 

El recuerdo penoso 
De aquella noche negra de agonía. 

Y como una canción lúgubre, incierta, 

Tras la cerrada puerta 
Siento bramar el vendaval. ¿Me espanto, 
Porque creo escuchar, ¡oh! confundido 

Con el terrible ruido, 
Súplicas, quejas y angustioso llanto! 



¡ Ay ! la lúgubre y triste serenata 

Que á mi alma timorata 
Martiriza, ¡oh Señor! que cese. . . cese! 
Porque el amargo y tan tenaz bramido 

Del viento, cual gemido 
De alma herida, lo escucho y me enloquece! 

1900 



LÁGRIMAS 57 



AL DOLOR 



Sigues siempre mis pasos por el mundo, 
Clavando aquí en mi corazón tu garra ; 
iSIe persigues tenaz, duro, inclemente, 
¡Oh espantoso fantasma! 

¿Cuándo te conocí?. . . Fué aquella noche, 
¡Ay! de agonía, de pavor, de ansias; 
Envuelto en los cendales de la muerte 
Llegaste á mi morada. 

Y desde entonces veo á cada instante 
Tu faz desencajada; 
Tus ojos denegridos siempre fijan 
Sobre mi pobre ser, torva mirada. 

En las mañanas de mi vida vienes 
A golpear mi ventana; 
Me asedias en mis días, y en mis noches 
Siempre batiendo estás tus negras alas. 

Vives en el perfume de mis rosas, 
En los cálices rojos de mis dalias, 



58 LÁGRIMAS 



En los rayos de luna que iluminan 
3IÍ frente mustia y pálida. 

En el murmurio suave del arroyo 
Va tu canción tristísima mezclada; 
Me hablan de ti las aves trinadoras, 
Y la brisa que pasa. 

Donde las olas ledas, rumorosas 
Se desenvuelven por besar la playa; 
En el dulce concierto de los mares, 
También tú te levantas. 

Ya en el festín ideal de mis amores 
La copa que me ofreces guarda lágrimas ; 
Ya interrumpen mis sueños venturosos 
Tus roncas carcajadas. 

¡Yo te siento más vivo, más terrible 
Rugir aquí en mi alma. 
Cuando ya muere el sol, cuando la noche 
Hacia la tierra lentamente baja! 

¡Yo te siento más bárbaro, más fiero 
Donde reina la calma! 
¡ Allá en el mundo helado de las tumbas, 
Donde duermen mi padre y mi Esperanza! 

1902. 



PROSA 



fantasía 



Allá, bajo los añosos sauces que besan las 
márgenes de un lago, se alza una cruz vestida 
de hiedra. Aquella cruz indica la existencia 
de una tumba. 

Si en las noches de luna pasáiá por allí, ve- 
réis tendido sobre la fría losa cubierta de flo- 
res, un hombre. Viste de negro, es joven, y ya 
la nieve corona sus sienes. 

Llegad junto á él y veréis brillar sobre su 
obscuro traje, al resplandor de la luna, las go- 
tas de rocío: esas gotas cristalinas son lágri- 
mas que el cielo, conmovido, vierta sobre aquel 
desventurado. 

¡Mirad cuan frescas están las rosas blancas 
y jazmines que le sirven de lecho: esas flores 
nunca se marchitan!. . . 

— ¿Por qué? 

¡Ay! es que sus lágrimas de continuo las 
refrescan, y esas flores, cual símbolo del dolor, 
pálidas como sus esperanzas, serán sus eternas 
compañeras, velando de continuo sobre aquella 
tumba . . . 

— ¿Quién es ese misterioso personaje? 

— ¡Es un loco!. . . 



m 



62 LÁGRIMAS 



— ¿ Un loco ? . . . ¿ Quién ocasionó su locura ? 

— Os haré su historia: El era un niño aún, 
cuando una noche oyó un canto tan sublime, 
que parecía venir de la región celeste. Era la 
voz de un ángel que turbaba sus sueños; se 
aproximó á la ventana de su cuarto y vio flotar 
ante su vista una diosa cubierta con niveo 
traje y coronada de azahares ; él la llamó an- 
sioso, y ella sonriente llegó hasta él; se com- 
prendieron, fundiendo en una sus almas; ella 
penetró en su corazón, embargó su cerebro, su 
ser . . en fin, fué su idea, su vida misma. 
¡Cuánto la idolatraba y cómo crecían su pa- 
sión y su fe cuando su adorada borraba con 
un beso las negras sombras de su mente!. • . 
El sufría. . . ansiaba gloria; gloria y lauros 
para coronar las sienes de aquel ángel que- 
rido . . . 

— ¿Después?. . . 

— Después aconteció algo atroz. Su ídolo 
fué herido de muerte; una pérfida mujer no 
quiso que su dicha fuera eterna. . . 

— La mujer se enamoró del joven. . . ¿Quién 
era ella? 

— ¿Ella?. . . ¡Ella era la Envidia! 
— ¿Y la diosa? 

—¿La diosa?... ¡la diosase llamaba Ilu- 
sión! 
— ¿Y el joven?. . . 
— ¿El joven?. . . ¡el joven era un poeta! 

1900. 



SILVIA 



Para mi inadre. 



Llega el triste otoño; sus tibias y calladas 
tardes despiertan en el alma de los que sufren 
la terrible melancolía; los desnudos árboles 
ya no conservan ni despojos de sus sublimes 
galas primaverales; la flexible enredadera, sin 
flores, sin hojas, se extiende en el grietado 
muro cual un manto gris. ¡Oh tristísima es- 
tación! Es cierto que no hay tardes más bellas 
que las tuyas; es cierto que tus noches son las 
más tranquilas y poéticas; pero, ¡ay! también 
es verdad que tus brisas siempre llevan con- 
sigo el perfume de marchitas flores. • . de esas 
flores que cariñosa mano coloca sobre la fría 
tumba recién cerrada, guardadora fiel de des- 
pojos idolatrados. 

¡Otoño, cuan tristes recuerdos has dejado 
en mi mente! 



64 LÁGRIMAS 



n 



La tarde caía lentamente; no sé qué impulso 
sobrenatural despertó en mí el vivo deseo de 
abandonar la población ; era casi una necesi- 
dad para mi anémico cerebro buscar el retiro. 

Mi joven y ya surcada frente, precisaba re- 
frescarse con la suave brisa que corre en las ex- 
tensas avenidas de. . . 

Subí al tranvía. Hastiado por la monotonía 
del largo trayecto, decidí tomar, como distrac- 
ción, apuntes para mi cartera, valiéndome para 
ello de las personas que viajaban conmigo. 

¡Qué variedad! Frente á mí, dos jóvenes 
afanosas charlaban, ¡Pobrecitas! pretendían 
fijar mi atención, y en verdad que la fijaron; 
pues, ¡quién resiste á detener su vista en dos 
mujeres para quienes el Carnaval existe el año 
entero! Eran dos chillonas amras, importadas 
de la provincia de Matto-Grosso ; no tan sólo 
las miré con marcado interés, sino que hasta 
arrancaron una sonrisa á mis labios; sonrisa 
que una de ellas retribuyó con placentero 
gesto, tomándola, tal vez, como una prueba de 
simpatía. 

Cerca de la puerta, una mujer tosía sin ce- 
sar; su traje era tan i*aído y fino, que bien se 
comprendía que su mal se agravaba, á pesar 
de la estación, con la ligereza de su vestido. 
De cuando en cuando levantaba su vista para 



LÁGRIMAS 65 



fijarla con ansiedad en cuantos la rodeábamos. 
¿Imploraba silencio 6 un óbolo para remediar 
su miseria?... Tal vez las dos cosas; pero, 
¿quién, de buenas á primeras, lleva la mano á 
su bolsillo y, sacando una moneda, la deposita 
en manos de un ser que dice mucho y no dice 
nada? Una nina de pocos años la acompañaba; 
ésta, como su madre, vestía también misera- 
blemente, y el terrible sello del hambre se veía 
impreso en su triste semblante. Yo contem- 
plaba emocionado este cuadro, cuando el tran- 
vía se detuvo. Como se yerguen las sublimes 
visiones en nuestros juveniles sueños, así vi 
levantarse una joven que estaba en mi mismo 
banco, la cual hasta entonces había pasado 
inadvertida para mí. Su talle era esbelto, de- 
masiado fino quizá; rostro trigueño y de pali- 
dez extrema; su cabello negro, sedoso, y, á 
pesar de su sombrero, pude ver que se hallaba 
dividido en forma de bandean, prendido en su 
nuca con un grupo de rizos; sus verdes y som- 
bríos ojos estaban rodeados de negras pestañas, 
asemejándose á un círculo de terciopelo. 

Al fijar su vista en aquella desventurada 
mujer que tanto me había conmovido, vi hu- 
medecerse sus pupilas; ella tendió su enfla- 
quecida mano y deslizó una moneda en la de 
la niña; luego bajó presurosamente. 

Quédeme perplejo ante aquella benéfica y 
linda criatura; inmenso interés despertó en mi 
alma ese ser que se me presentaba cual la ima- 
gen del dolor y la tristeza. 



66 LÁGRIMAS 



III 



Muchas mañanas repetí mi paseo por las 
avenidas de . . . Muciías noches me sorpren- 
dieron en el mismo paraje, y siempre en busca 
de aquella visión encantadora. 

Llegó ]\Iarzo. El día agonizaba; y como aquel 
que ya nada espera, lentamente vagaba por un 
retirado camino que se extiende á la izquierda 
de la avenida principal. De pronto divisé á lo 
lejos una pequeña forma humana; me detuve 
á esperarla. Cuando se hallaba cerca, reconocí 
en ella á la nina de los harapos, que en aquella 
memorable tarde fué mi compañera de viaje- 

La niña llevaba en sus manecitas una co- 
rona de lirios y rosas blancas. 

— ¿Ha muerto tu pobre madre? — le pre- 
gunté. 

— No, — me respondió con voz apagada. 

— Entonces, ¿para quién llevas esas flores? 

— Para la señorita. 

— La señorita- . . ¿Qué señorita? 

— La que vivía allá abajo. . . 

Por mi mente cruzó un terrible pensamiento: 
la triste verdad se presentaba. 

— ¡Muerta!... ¿De qué murió? — balbucí 
con ansia. 

— Cuidaba enfermos y uno le contagió el 
mal. 
— ¿Qué mal? 



LÁGRIMAS 67 

— El mismo que tione mi madre: tisis. 

— ¡Quiero verla. . . verlamuerta! — grité vn- 
loquecido; — yo también le llevaré (lores. 

— No se puede ver: ella eslá en la tumba. . . 

Cogí de la mano á la nina, y, echando á co- 
rrer con ella en dirección al Cementerio, le 
dije : 

— Dime dónde descansa. . . 

Llegamos; en la primera calle se detuvo, di- 
ciéiidome: « Es aquí. » Sobre aquella fría tumba 
caí de rodillas, y en medio de un torrente de 
lágrimas, pude leer: «¡Silvia!. . .» 

Este nombre lo llevaba yo en un relicario 
deíde mis primeros años. Silvia había sido el 
nombre de mi desventurada madre, de aquella 
santa mujer que, por librarme de la miseria, 
me entregó en manos de la divina caridad, 
mientras mi padre luchaba defendiendo las 
leyes. 

¿Cómo había nacido tan violentamente en 
mi corazón aquel respetuoso afecto hacia Sil- 
via?... 

Era que su aíma, purificada por la virtud, 
tenía el fulgor de la santidad. 



1900. 



CELOS Y RENCOR 



Para la distinguida escritora española 
señora Eva Canel. 



— Pero, tú deliras, — decía él desesperado ; — 
tú sabes cuánto te amo y que en ti cifro mi 
ventura; no me acuses, porque esa injusticia 
me enloquece. . . ¿Desecharás esas dudas in- 
fundadas? 

— No lo sé. . . yo no iré jamás á fiestas; — 
y decía esto destrozando sus guantes de baile. 
— ¡Ir, para volver así!. , , 

— Vuelves así porque quieres; tú ves visio- 
nes y me acusas cual si fuera un miserable. 

— ¡Sí, veo visiones! ¿Visión es esa mujer 
que en todas partes se nos presenta y siempre 
sonriéndote? ¡Oh! yo no olvido, ni olviilaré ja- 
más, que fué tu prometida durante muchos 
años, y como ignoro las causas de tu rompi- 
miento con ella, siempre dudaré; luego, para 
dar fin á estos disgustos, nos quedaremos en 
casa. 



LÁGRIMAS 69 



— Hija, te quedarás tú; yo no rehusaré in- 
vitaciones por tus caprichos. 

— ¿Dices que tú irás?. . . ¿tú irás sin mí? 

— ¡Sí, iré! — gritó el marido exasperado; — 
¡iré; tú no me lo impedirás!. . . 

— No me importa; de todos modos. . . — con- 
testó ella riendo diabólicamente. 

— De todos modos. . . ¿qué? — replicó él im- 
presionado por aquella risa. 

— Nada; — y seguía riendo. 

El se aproximó á ella; había durado dema- 
siado la contienda: era necesario hacer las pa- 
ces. 

Todo fué inútil; los celos más horribles se 
habían desbordado en el corazón de aquella 
mujer, tan buena y tan dulce hasta entonces. 

En el furor de su enojo, ella lamentó su 
unión, llegando á decir á su marido que se 
había unido á él amando á otro; que tan sólo 
el despecho la hizo ser su espesa. 

— ¡Mientes, mi adorada! — le dijo él, com- 
prendiendo que mentía, y riendo para calmar 
su ira. 

— ¡Oh! no miento: ¡te lo juro!. . . 

Aquel juramento oprimió el corazón del ma- 
rido. Su mujer jamás había mentido; él tenía 
que creer aquella horrible revelación. Sus la- 
bios se soldaron y salió frenético de aquella 
habitación jurando vengarse. 

A los pocos días de aquel disgusto conyu- 
gal, María recibió una carta de su esposo; 
carta donde le anunciaba que su único hijita 



rO LÁGRIMAS 



pasaría á vivir con él, en el ala izquierda de 
8U castillo, donde había hecho arreglar sus ha- 
bitaciones. 

Ella lloró amargamente, solicitando de su 
esposo una entrevista. ¡ Quería decirle tantas 
cosas!. • . ¡Ah! ¡qué horrible le era la vida ale- 
jada de aquel hombre idolatrado! El compren- 
dió que su mujer vencería y negóse á oiría. 
Al leer la carta de María, se imaginó que lle- 
gaban á sus oídos sus quejas, rogándole que 
no le quitara su hijito, y ante sus súplicas y 
lágrimas no estaba seguro de permanecer firme 
en su resolución. 

Desde el día que le faltó el niño, María se 
encerró en sus habicaciones y pasaba días sin 
abandonar su lecho, tal vez para ocultar sus 
lágrimas á la doncella, único ser que la veía. 

Una tarde, por casualidad, se aproximó á la 
ventana y vio, por entre la celosía cerrada, que 
su marido bajaba al jardín con el niño y que 
ante? de pisar el último peldaño levantó la 
vista hasta su balcón ; ella clavó sus ojos en 
los de él y se estremeció. 

¿El la veía?... No: había mirado por ca- 
sualidad, no pasando por su mente la idea de 
que su mujer le estuviera viendo. La infeliz 
no lo creyó así, y en aquella mirada se imaginó 
descubrir un mundo de esperanzas. 

- ¡ Oh ! — se dijo para sí, — me busca; es que 
se aproxima una fecha en que él no podrá ne- 
garse á verme, á pesar de su enojo. ¡Yo no soy 
un ser despreciable. . . no pesa sobre mí nin- 



i 

i 



LÁGRIMAS 71 



guna falta!. . . El jueves, dentrodeuna semana, 
es el aniversario de nuestro enlace; también 
es el día de mi cumpleaños. ¡Como ansio ese 
día!. . . ¡Si fuese mañana!. . . 



II 



— Señor, he solicitado ver á usted para ha- 
cerle presente que la señora está mala; hace 
cuatro días que apenas prueba alimento; su 
frente abnisa, y vehí toda la noche. 

— Agradezco á usted el aviso; mañanad pri- 
mera hora vendrá el facultativo. . . 

— ¡Enferma!. . . — se dijo, emocionado, una 
vez que se vio solo; — ¡enferma hace cuatro 
días!. . . Hace cuatro días fué su cumpleaños, 
también el aniversario de nue.etra boda. ¡Qué 
feliz era esa fecha en otra época! ¡Con qué ale- 
gría la festejábamos! ¡Oh! — murmuró deses- 
perado, — todo ha muerto ya... entre ambos 
existe una barrera invencible. . . ¡ Ah! si algún 
día. . . pero no, ¡nunca!. . . 

A la mañana siguiente vino el facultativo. 
Conioera preciso salvar las apariencias, — ¿ para 
qué enterar á un extraño de las intimidades 
del hogar? — después de seis meses, Ricardo se 
presentó en las habitaciones de su esposa. Ni 
una mirada se dignó dirigirle; ella, en cambio, 
con afán buscó muchas veces sus ojos. 

Largo rato duró el examen médico. Después 



72 LÁGRIMAS 



de concluido, los dos hombres se encerraron 
en un saloncito. María quiso saber qué mal 
era el suyo, y envuelta en un peinador blanco, 
se deslizó hasta la puerta para escuchar. Supo, 
entonces, que estaba herida de muerte; su co- 
razón estaba enfermo. . . muy enfermo, y á la 
menor emoción ó sacudimiento cesaría de latir. 
¡Qué le importaba la muerte! ¿acaso no era 
preferible á la vida de martirio que llevaba?. . . 

A pesar de haberle sido negadas muchas en- 
trevistas que solicitó de su esposo, María hizo 
otra tentativa; esta vez fué mis feliz: Ricardo 
«onsentía en escucharla. 

A las ocho de la noche franqueó la puerta 
<1el estudio de su marido; aquella puerta que 
tantas noches se esforzó por abrir, hoy sin re- 
sistencia alguna le daba paso. Su cuerpo se 
estremeció violentamente y sintió un horrible 
pinchazo en medio del pecho. 

Ya frente á Ricardo, le h¡¿o conocer sus de- 
seos: quería tener su hijo á su lado, pues con 
verla sólo un momento cada día, iba perdién- 
dole el cariño, á tal punto que muchas veces 
se negaba á visitarla. 

— Yo no puedo separarle de mi lado, — res- 
pondió él; — lo único que puedo hacer es que 
pase toda la mañana con usted; el rtsto del 
día y la noche serán siempre míos. 

— Pero, — objetó ella conmovida, — el niño 
dejará de amarme. . . 

Él guardó silencio. María continuó: 

— No insisto más: se cumplirá lo que usted 
dispone. 



LAGRIMAS 



Luego se retiró murmurando quedo: — ¡Yo 
no- le enseñaría á odiar á nadie, sino á amar 
á quien debe!. . . 

Él tomó como un reproche aquella queja. 
¡Cuan cierto era que jamás se había preocu- 
pado de enseñar á su hijo que amara á su des- 
graciada madre! (pues como tal la consideraba, 
convencido de su inocencia); él podía guar- 
darle todo el rencor que quisiera y odiarla 
hasta el extremo, pero no debía inculcar al 
niño estos sentimientos impuros. 

]María estaba ya en mitad del corredor, 
cuando oyó un sollozo; se detuvo, y como 
aquel llanto siguiera, se volvió hasta el estudio, 
que era de donde partía. 

Ricardo sollozabaamargamente, con los bra- 
zos cruzados sobre el escritorio, y sobre ellos 
apoyado su rostro. 

Eila se dirigió hacia él; tendió sus brazos 
hasta rozar con sus manos aquella cabeza ido- 
latrada; luego le llamó por su nombre de pila. 

Kicanlo enderezóse violentamente, y dando 
con su cabeza en el pecho de su esposa, la hizo 
caer; se apresuró á levantarla, pero ella estaba 
ya de pie. 

Quedaron im rato en silencio. El, con los 
ojos fijos en ella, vio cuan pálido y demacrado 
estaba su rostro, cuan hundidas sus sienes y 
sus ojos. . . Ya no era aquella risueña mujer- 
cita de mejillas sonrosadas, que en otros tiem- 
pos llenó de encantos su hogar: hoy se le pre- 
sentaba cual la imagen de sus remordimientos. 



74 LÁGRIMAS 



Jlaría rompió el silencio : 

— ¡Oh!. . . ¿tú sabes que yo mentí?. . . Te 
lo juro por nuestro hijito; yo, sólo á ti he 
amado, Ricardo mío; mi estado te prueba las 
heridas que ha hecho tu inju-to rencor en mi 
corazón ; yo sé, tan bien como tú, que tengo un 
pie en la tumba; yo le he pedido á Dios la 
muerte; ya que tú no has tenido clemencia 
para mí, ¿qué me puede im.portar la vida!. . . 

El, delirante, la estrechó en sus brazos y 
oprimió sus labios, sin advertir que de ellos 
brotaba espuma rosada. La cabeza de alaría 
cayó pesadamenLe sobre el hombro de Ri- 
cardo. . . 

La sentencia del médico se había cumplido. 



1899. 



ULTIMO ADIÓS!.. 



Doy gracias á Dios por haberme 
dado recursos para soportar esta 
pérdida; se ha cortado una ratrta, 
pero el árbnl está todavía floreciente 
y puede suplir á elli. 

Felipe ii. 



Despuntó su varia veste la aurora, permi- 
tiendo entrever las hermosas campiñas en su 
puave cuanto confusa claridad; con su balido 
tristíóimo pretendía saludar la nueva alborada 
el tierno y guacho borrego; apareció en el le- 
vante el risueño sol; cesó el graznido funera- 
rio y tétrico de la cantora nocturna; los pájaros 
templaron sus instrumentos, entonando un 
armonioso himno de alabanza al astro rey, el 
concierto matinal continuo; tenue y fresco ce- 
firillo del poniente soplaba, esparciendo eu 
torno nuestro el delicado aroma de las marga- 
ritas blancas, mientras que el viejo naranjo 
abría sus perfumados botones entremezclados 
con sus frutos de oro. 

Comenzó la labor diaria, pero antes prepa- 
ráronme el bruto que debía llevarme en mi 
correría. Era éste un zaino de uno de los peones 



76 LÁGRIMAS 



de la estancia, un animal voluntarioso y por 
más señas disparador del barro; prontos ya 
y dejando á nuestras espaldas la tranquera, 
nos pusimos en camino en dirección á una casa 
que estaba en lo más alto de la cuchilla, ya 
bañada por los rayos del sol. Con la rapidez 
de la luz é impulsada por los fuertes latidos 
de mi corazón, que concluyeron por darle 
bríos al voluntarioso zaino, llegamos á los 
pocos instantes al sitio deseado. . . 

¡Diez años habían transcurrido!. . . diez años 
que mis plantas no hollaban aquel suelo, antes 
depositario de grandes alegrías; allí se deslizó 
parte de mi niñez, y á la sombra de las aca- 
cias blancas, de los pinos y de los paraísos 
nacieron mis esperanzas y tomaron forma mis 
más doradas ilusiones; en cada rincón latía 
un recuerdo; en cada habitación en ruinas una 
sonrisa inocente: todo se presentaba envuelto 
en el velo del abandono, déla tristeza. Loque 
en un tiempo fué albísimo nido de felicidad, 
había pasado á ser una tapera olvidada. ¡Cuán- 
tos sinsabores, cuánta amargura, agitaciones y 
desvelos costó cimentarlo y darle lucidez, para 
que ese obrero de los siglos llamado Tiempo, 
en pocos anos concluyera con su existencia y 
la de sus iniciadores! 

Pedí valor para mi espíritu anonadado, y 
recorrí palmo á palmo aquel pedazo de tierra 
que, segura estoy, no volveré á ver jamás; 
acaricié por úkinia vez el tronco, ya roído, del 
rosal mimoso que perfumaba la ventana de la 



LÁGRIMAS 77 



habitación de mis padres ; besé frenéticamente 
el Jugar predilecto de mis juegos infantiles, y 
díles el adiós postrero á las acacias blancas, 
muertas ya en brazos de la trepadora hiedra ; 
de ésta cogí un gajo, y, dando con él en el 
anca de mi bruto, nos pusimos de nuevo en 
marcha. 

Mas, al levantar mis ojos al cielo en señal 
de gracia por haberme llevado hasta allí, per- 
cibo que el Maciel me saluda, me hace señas 
el Pantanoso, y llega hasta n)í, aí-emejándo.-e 
á un vocerío estridente, el murmullo de los 
Ahogados. ¿Me reconocerían acaso?. . . — Sí, 
en su carrera y á la distancia, quisieron ve- 
jarme, gritándome entre sarcásticas carcaja- 
das: «¡Sal de ahí; eso no te pertenece ya!. . .» 
Con la ligereza de la culebra cuando le pi?an 
la cola, pretendí protestar con energía, pero 
el gajo de hiedra se interpuso, señalándome 
allá á lo lejos un eucaliptus, tánico quizás 
que comprendía cuan grande era mi dolor en 
aquellos instantes. En su cima estaba posado 
un cuervo, el que con carino gritóme: «¡Deja 
una lágrima sobre esas ruinas; da tu último 
adiós y ven!. . .» 

La hiedra no pudo acompañarme, pues en 
el trayecto y con el precipitado galope perdíla ; 
¡tal vez huyó, comprendiendo que á mi lado 
FÓlo podía ser alimentada con el riego de mis 
lágrima», las que la matarían, así como ella 
había muerto mis acacias blancas! 



1002. 



SIBILA 



Para ti. 



Cuando Sibila bajaba la escab'nata de la ro- 
tunda de la necrópolis, divisó la silueta de un 
hombre que entraba por la calle principal; ca- 
minaron unos pasos y luego cruzáronse en el 
camino. Carlos pasó indiferente por su lado : 
iba triste, taciturno; en una mano llevaba un 
ramo de violetas, y en la otra un paraguas 
abierto para resguardarse de la neblina que 
caía. Ella, al encontrarse con aquel hombre 
que hacía muchos anos no veía, tembló como 
tiembla la débil hoja al menor soplo; sus páli- 
das mejillas encendiéronse y, bajo el espeso 
velo que cubría su rostro, rodaron sus lá- 
grimas. 

* Ya no es el joven de aquellos tiempos, — se 
dijo para sí; — hoy es un hombre, pero siempre 
gallardo, siempre. . . ¡Dios mío!» 

Desechando amargos recuerdos que la ator- 



LÁGRIMAS 79 

mentaban, se alejó, como siempre, silenciosa y 
triste. 

Pasó una semana y se repitió el encuentro 
de los jóvenes. Un mismo fin los llevaba á 
aquel lugar; los dos, con diferencia de meses, 
habían perdido á sus madres; ella llevaba el 
luto hacía seis meses, él apenas dos semanas. 

Ninguno de los dos hizo alto ante su nuevo 
encuentro. Carlos ignoraba quién era la joven, 
y siendo tan común hallar enlutadas en aquel 
paraje, no reparó que era la misma de la se- 
mana anterior. Sibila, en cambio, le conocía; 
ella sabía quién era él, pero se mostró como 
una extrafta, y sólo de lejos se atrevió á mi- 
rarle. 

Repitiéndose los encuentros, y en vista de 
ello, la joven cambió de hora para visitar la 
tumba de su madre. ¿Qué pasó entonces?. . . 
El joven, impulsado por un sentimiento desco- 
nocido, cambió también de hora. 

Una mañana, fatigado después de un largo 
é incómodo viaje, Carlos hizo la visita acos- 
tumbrada á su querida madre, y después sen- 
tóse á descansar en uno de los bancos del ce- 
menterio; se leía en su semblante la profunda 
pena que lo afligía: estaba pálido, y en sus ne- 
gros ojos las lágrimas habían hecho estragos. 
¡El había amado tanto á su madre!. . . Hoy se 
encontraba solo, y nadie, nadie podía llenar el 
vacío inmenso de su alma. 

Ruido do pasos lentos le hicieron alzar la 
cabeza. Sibila cruzó delante de él; la miró al 



80 LÁGRIMAS 



principio con indiferencia; pero luego, fijando 
su atención en ella, no pudo menos de admirar 
el porte distinguido de aquella mujer; pronto 
la perdió de vista y luego marchóse sin pen- 
sar más en ella. 



II 



—Toda la vida no ha de cubrir tu rostro ese 
velo negro; yo admiraré algún día tu belleza, 
yo oiré tu voz, yo te diré cuánto. . . cuánto me 
interesas; no te conozco, no sé tu nombre, y 
sin embargo me siento unido á ti; ignoro, tam- 
bién, lo que puedo parecerte yo; sólo sé que 
un dolor idéntico, un dolor inmenso nos ha 
puesto en el mismo camino . . . 

Así hablaba Carlos, paseándose agitado en 
su estancia. Hacía un mes que su preocupa- 
ción continua era Sibila. 

Después de aquella mañana en que él fijó, 
aunque distraído, su vista en ella por primera 
vez, una tarde paseaba por una de las calles 
del cementerio, cuando ahogados sollozos lle- 
garon á su oído; miró hacia el punto de donde 
partían, y vio arrodillada en una tumba á 
una mujer que lloraba amargamente.— «¿ Quién 
será?» pensó para sí, siguiendo á paso lento por 
el camino de la salida. No había llegado á la 
puerta, cuando Sibila pasó delante de él; fijó 
en ella la vista y se dijo: 



LÁGRIMAS 81 



— ¡Linda figura de mujer! Es la misma que 
lloraba tan apenada. ¿Quién será?. . . No es la 
primera vez que la veo aquí. 

Después de aquel día, Carlos siempre la 
miraba al pasar por su lado, y muchas veces, 
olvidando aquel lugar sagrado, volvía la cara 
hacia atrás para mirarla. 

En vano Sibila evitaba su presencia cam- 
biando de hora: Carlos la esperaba siempre; 
ella jamás le mostró que notaba su persecución. 

Esa indiferencia, unida á los elogios del viejo 
sepulturero, despertaron en el joven, primero 
curiosidad, y luego interés. 

— Si usted viera, mi señor,— decía el anciano 
á Carlos, — ¡qué linda y qué buena es la niña! 
Siempre se interesa por el bienestar de mi mu- 
jer y el mío; ¡tenemos tantas limosnas recibi- 
das de sus manos! Aquí se gana poco, y con el 
invierno que vamos pasando, ¡qué sería de es- 
tos pobres viejos si ella no los ayudase!... 

— ¿Nunca te ha preguntado algo que se re- 
lacione con mi persona? — preguntóle el joven. 

— Sólo una vez parecía que me hablaba de 
usted; recuerdo que me dijo:— «José, si alguien 
llegara á preguntarte si pertenezco á la fami- 
lia dueña de esa tumba donde descansa mi ma- 
dre, di que no, pues dirás la verdad ; y, si 
por acaso desculjres mi nombre, no lo digas á 
nadie. , . á nadie, ¿oyes?» Yo comprendía que 
al decir nadie, ella sólo se refería á usted. 

— ¿Porqué ese misterio? — se preguntaba el 
joven con amargura. 



82 LÁGRIMAS 



¿Y qué se decía Sibila cuando pensaba en 
Carlos?. . . ¡Ah, tanta. . . tanta cosa!. . . 

Ella le amaba hacía tiempo; él había sido su 
único amor; él, su Carlos, por quien había 
Juchado anos enteros contra la más cruel é 
injusta oposición de su madre, de aquella 
madre que soñó verla unida, no á aquel niño 
de cabellos rizados como era entonces el joven, 
sino á un hombre inmensamente rico que po- 
día ser su padre. 



III 



Por el camino que baja al mar, á la izquierda 
de la necrópolis, iba con paso apresurado una 
mujer de luto. ¿Qué objeto podría llevarla 
con aquella tarde horrible á aquel paraje tan 
solitario y peligroso? Indudablemente era la 
primera vez de su vida que sus delicados pies 
hollaban aquel camino áspero, lleno de zanjas. 

Resguardada de los vientos y de las olas del 
mar por dos inmensas rocas, había, al final de 
aquel camino, una humilde y vieja casita. La 
enlutada llegó áella y llamó á la puerta, acu- 
diendo á su llamado una anciana. 

— ¡Se muere, se muere mi José! — murmuró 
la pobre vieja, en tanto que conducía á la vi- 
sitante al interior de la casa. 

La recién llegada, con paso lento se dirigió ai 
dormitorio del anciano moribundo. En ese ins- 



LÁGRIMAS 83 



tante un hombre se disponía á dar al enfermo 
la poción recetada por el médico, 

— Ayúdeme, señora, — dijo el enfermero, cre- 
yendo que la que entraba era la anciana. 

La mujer reconoció aquella voz; sintió co- 
rrer un frío por todo su cuerpo; pero resuelta 
se aproximó al lecho, levantando la cabeza 
del enfermo para que bebiese. 

Una voz, ronca por la emoción, dijo muy 
quedo: — ¡Sibila!. . . 

¿Qué pasó después?. . . Ella quedó mustia, 
silenciosa, con los ojos fijos en el suelo; él, si- 
lencioso también, la miraba con asombro, y de 
sus ojos brotaron algunas lágrimas. En un se- 
gundo, aquel hombre, que había sido bastante 
ingrato con la joven olvidándola, recordó el 
pasado: la imagen querida de su madre muerta 
se le presentó; le parecía sentir sobre su ca- 
beza su cariñosa mano, como cuando le acari- 
ciaba para calmar la pena que le causaba aquel 
amor contrariado. 

También á la mente de la joven acudió el 
recuerdo de su difunta madre; y ese recuerdo 
fué tomando forma, pero forma distinta á la 
que había tomado la madre de Carlos. 

Sibila vio la figura altanera de f^u madre 
que la asediaba con enojos; creyó oir su voz 
demandándole una explicación por su presen- 
cia allí, ante aquel hombre que había odiado 
en vida por haber sido él quien contrarió sus 
planes; y la joven, lanzando un grito des- 
garrador, cayó de rodillas, ocultando su ros- 



84 LÁGRIMAS 

tro entre las miserables ropas de aquel le- 
cho. 

Entretanto el moribundo levantó la cabeza; 
sus ojos, inmensamente abiertos, ya casi sin 
luz, se posaron en Sibila, luego en Carlos; ten- 
dió su brazo hasta poner su crispada mano 
sobre la cabeza de la joven, y haciendo un úl- 
timo esfuerzo, con su otra mano estrechó las 
de Carlos. 

El peso de aquella mano helada estremeció 
á la joven, haciéndola erguirse con violencia; 
miró atónita al anciano y preguntó á Carlos : 

— ¿Muerto?. . . 

— Sí, — respondió el joven emocionado. — 
¿Has comprendido sus deseos?. . . ¡Cumplamos 
su voluntad!... ¡En su tumba ha renacido 
nuestro amor! 



19.0 



EL BESO DE JUDAS 



]Marta de X. , . pertenecía á una antigua y 
distinguida familia. Arruinada su madre des- 
pués de su viudez, se había dedicado ella misma 
á instruir y educar á su hija, pues sus escasos 
recursos apenas le alcanzaban para vivir. 

La joven contaba unos veinte anos, y con 
la fe y poca experiencia de su edad, creía á 
sus amigas sinceras y buenas como era ella. 

Una noche fué á casa de su predilecta 
amiga Erna Q. . .; ésta se hallaba de sobre- 
mesa aún; pero, dada la amistad que existía 
entre ellas, la joven, sin hacerse anunciar, llegó 
hasta la puerta del comedor. Ya iba á pene- 
trar en él, cuando un viejo criado salió á su 
encuentro diciéndole: 

— Perdone, señorita, pero espere: voy á 
anunciarla. 

— No hay necesidad,— contesta ella riendo; 
— guarda las ceremonias para otras: para mí 
están de más. 



86 LÁGRIMAS 

— Lo sé, señorita; pero mire. . . yo no desea- 
ría. . . ¿Oye cómo ríen?. . . 

— Sí: ¿tiene algo de particular? 

— Que rían, no, señorita ; pero, escuche. .. no 
entre : se van á sorprender. 

— Dime, ¿has perdido el juicio, Juan, ó te 
han dado orden de no dejarme entrar?. . . 

La joven aquí cortó el diálogo é iba á en- 
trar, cuando de nuevo el viejo y fiel criado la 
detuvo, repitiéndole: 

— No entre, mi señorita ; escuche cómo ha- 
blan y ríen; perdone, pero mis señores se bur- 
lan de usted ; dicen que su cuadro. . . 

El criado no dijo más, pues se oyeron pasos 
de alguien que se aproximaba. 

Marta penetró entonces en el suntuoso co- 
medor algo desconcertada, pues las palabras 
de aquel viejo criado, que antes había servido 
á su familia, á pesar suyo se habían clavado 
en su corazón como saetas. 

— Te esperaba con impaciencia, — le dijo 
Erna abrazándola; — creía que hoy me faltaría 
la dicha de verte á mi lado. 

Marta la miró con atención. Su semblante 
estaba encendido y sus palabras salían con- 
fusas de sus labios; los demás de la rueda es- 
taban perplejos. 

¡Pobre joven! Comprendió que no había sido 
engañada. El criado era más sensato en medio 
de su ignorancia, pues le había querido evitar 
un disgusto que aquellas falsas amigas le pre- 
paraban, burlándose de un cuadro suyo que 



LÁGRIMAS 87 



estaba sobre el sofá, y que esa tarde le ha- 
bía mandado a Erna para que le hiciese unas 
pequeílas correcciones. Ella no tenía profeso- 
res, pues era muy pobre, y gracias á su afición 
y talento había aprendido á manejar con arte 
el pincel. Es cierto que su amiga solía dirigirla, 
pero esto no hacía que sus obras fueran de mé- 
rito: el mérito se lo daba ella sola. 

Después de varios segundos, dijo la señora 
dirigiéndose á la joven y señalándole el cua- 
dro: 

— Está soberbio, Marta; es la obra más linda 
que has hecho: ¿por qué no lo exhibes?. . . 

— ¡Qué ocurrencia, señora! Xo vale nada y 
sólo la sincera amistad de usted puede verlo 
soberbio. 

Estas palabras, dichas con naturalidad, hi- 
cieron su efecto; la joven lo comprendió, viendo 
cierta turbación en sus amigas; luego dijo, 
riendo con ironía, ironía que jamás había 
puesto en juego: 

— ¿Exhibirlo?... ¡ Qué locura !.. . ¿No es 
un mamarracho ? 

Todas guardaron silencio : sospechaban que 
algo había oído al entrar. 

El resto de la velada se pasó tocando el 
piano y cantando. 



83 LÁGRIMAS 



II 



Después de muchas noches, Marta volvió á 
casa de sus amigas. Fué recibida por éstas con 
manifestaciones y frases de cariño; pero des- 
graciadamente ya no llegaban esas lisonjas al 
corazón de la joven. 

— i Cuántos días sin venir! — le dice Erna con 
fingida tristeza.— ¿ Has estado enferma, querida 
mía?... Ahí están tu pincel y tu lienzo llamán- 
dote; poco adelantarás así, y la maestra puede 
enojarse. 

— ¿Te parece á ti eso?. . • Pues mira, no he 
perdido el tiempo: tu discípula se ha vuelto 
muy audaz, y para probártelo vengo á buscarte ; 
tenemos que ver algo. 

— ¿Sí, es tuyo?. . . 

— No sé, curiosa; ponte el sombrero y va- 
mos. 

Erna no se hizo de rogar, y á los pocos mi- 
nutos estaban lejos de su casa y próximas á 
la exposición de cuadros de la calle Florida. 

— Entremos, — dijo Marta ya en la puerta. 
— ¿Cómo? ¿es aquí donde está la sorpresa? 

— Sí; entremos. 

— ¿Y qué me vas á mostrar? 

— Esto... ¿te gusta, querida mía?... 

— / El beso de Judas ! . . . ¿ Tú lo hiciste ? — 
dijo Erna leyendo la firma de un hermoso 
cuadro. 



LÁGRIMAS 89 



— Sí, y lo he hecho para ti. 

— Lo expones. . . ¿No temes á la crítica? 
— ¿ La crítica, dices? Si ella es portadora de 

un sano consejo; si por medio del precioso arte 
pictórico se me indican los defectos de que 
pueda adolecer este mamnrracho, la aceptaré 
gustosa y agradecida; pero si esa crítica no 
tiene fundamento artístico, si sólo la guía el 
móvil de herir, de pretender ridiculizar por 
el solo hecho de ser su modesta autora una 
aíi^'ionada, e¿a crítica sólo reposará en la 
maledicencia y formulará reproches que me 
enaltecerán ante los ojos de mis iguales, ha- 
ciéndome decir para mis adentros: «Mientras 
los perros se entretengan en destrozar esa tela, 
mi pellejo se verá libre de la herida de sus 
colmillos;» es el primer trabajo al óleo que 
hago, y será el último; no dudo que llamará 
la atención el capricho mío por haber elegido 
un pasaje de falsía para obsequiar á una 
amiga; el qué dirán los demás, nada me supo- 
ne ni aflige. Yo sólo deseo, — agregó después 
de una pausa, — que tú comprendas su verda- 
dero signiScado. 



1S09. 



TRINIDAD 

Nacer. 



Nace el sol, y eu su invariable carrera le 
acompañan los astros todos. Nace el día: nos 
brinda su luz, nos ofrece sus alegrías. Nace la 
flor: despliega su corola para deleitarnos con 
sus perfumes. Nace el árbol: crece y espera 
su lozanía. Nace el cariño indefinible de la 
virtuosa madre junto á la cuna del infante, 
y por instinto de sangre, surge un nuevo na- 
cimiento: el cariño filial, que rara vez corn- 
pensa y reconoce la grandiosidad del primero. 
Nacen las ilusiones róseas, las ansias, los de- 
seos y las coloridas y risueñas esperanzas, y, 
en pos de éstas, también nacen la duda, el en- 
gaño, el dolor, la infamia, la traición ; y surgen 
las tinieblas, las aterradoras sombras que ocul- 
tan con su invisible túnica, ilusiones de otrora, 
recuerdos dulces y... pesares que afligen y 
matan ocultamente. 

Sólo la esperanza irradia el alma aun en 
instantes de desolación; pero ¡cuántas veces 



LÁGRIMAS 91 



fuera preferible no haberla conocido ! . . . pero 
para ello fuera menester no haber nacido. 

Vivir. 

Vive Dios ; ¡ y cómo dudarlo, aunque muchos 
han osado probar su inexistencia ! Esos muchos 
tan sólo han llegado á estrellarse en falsas 
teorías, absurdas suposiciones y descabelladas 
hipótesis. Vive la flor fragante y bella, y luego 
nos ofrece su fruto y semilla. Vive el frondoso 
árbol, y nos guarece bajo su verde ramaje. Vive 
la madre cariñosa, y junto á ella el adulto 
esperanzado, con placentera soniisa en sus 
labios, con brazos fuertes para soportar las 
luchas y trabajos de la vida ; con un cerebro 
ardiente y claro para meditar, y un corazóu 
para sentir sensaciones por lo santo, por lo 
noble y por lo caballeresco. , . Viven la cari- 
dad, la conmiseración, la gratitud, la compla- 
cencia. Viven la ingratitud, el egoísmo, la en- 
vidia, la calumnia, la hipocresía y las grandes 
bajezas, con un antifaz que les oculta toda la 
perfidia que han derramado en su camino, es- 
perando el consabido perdón, para luego aban- 
donar la vida. Y, para vivir confiando en la 
careta que más tarde cubrirá tanto bochorno 
y desvergüenza, sin haber dejado una sola 
semilla de virtud; para vivir esperanzados en 
una ventura, en la paz que rinde al fin todo 



í 



92 LÁGRIMAS 



dolor inmerecido, más valiera no haber vivido 
jamás!! 

MORTR . 

Muere el sol. IMuere el día, y con él mueren 
profundas ideas, pensamientos luminosos, in- 
finitos encantos, esperanzas, ilusiones róseas. 
Muere la noche, y muere esa infinidad de 
mundos centellantes que la acompañan. 

]\Iuere la virtuosa madre, dejando en su su- 
cesor las bondades, su cariño, sus virtudes. 
Su jornada ha terminado, pero lleva la satis- 
facción del deber cumplido, pergamino ideal, 
valioso, que le basta para recibir de Dios el 
agasajo que brinda á aquellos que en la 
tierra no han quebrantado sus máximas re- 
trocediendo hacia lo impío. . . Los huracanes 
desgajan el frondoso árbol; y su tronco desnu- 
do muere roído por el tiempo. Muere la flor, 
y su fragancia muere también perdida en ios 
aires... ¡Y allá en la tumba helada, van á 
morir todos los vicios, todas las infamias; y 
allá en la tumba helada, van á morir todas las 
ingratitudes, todas las falsías, toda la perfidia ! 

1902. 



UNA VENGANZA 



Allá en lo n!to de la cuchilla había una 
caca de negocio conocida eu los alrededores 
por la pidpeiía del Bonito. Era su dueño un 
italiano con pretensiones de criollo, viojo bona- 
chón que pisaba los setenta años de edad. Sus 
grandes patillas blancas y una festiva c;;ra ccn 
picarescos ojos muy azule?, que siempre tenía 
en juego, dábanle un a-pecío gracioso y atra- 
ytnte. Era además hombre correctx) en sus ne- 
gocios, afable en su conversación y vimio 
abierta para todos los desgraciados que á sus 
puertas llegaban en busca de un socorro. 
Cuando algún menesteroso se presentaba en 
8U tienda solicitando sus auxilios, nuestro 
hombre lo contemplaba primero con mucha 
atención, y después de oirlo con marcí\do in- 
terés, tomaba un aire de gravedad, y acari- 
ciando sus luengas patillas, decíale en mal 
castellano: 

— Mira, si vienes á pedirme porque sí se- 
ñor, sólo te daré un buen plato de comida; pero 
si eu realidad no trabajas porque no hallas 



94 LÁGRIMAS 



en qué ocuparte, pasa al fondo y te daré algo; 
te entretendrás envenenándome una jmrtidiia 
de cueros, y si tu inteligencia no te da para 
eso, te pones á desgranar maíz. Conque ya sa- 
bes: queda á tu gusto el trabajo, y manos á 
la obra! 

Un primer domingo de mes, y después de 
las carreras del día, en que un joven estanciero 
vecino de la pulpería y de fama bien senta- 
da en el 2?a^o, le había corrido un potrillo ma- 
lacara á don Bonito, obteniendo el premio, 
que consistía en cinco doblones, se festejó el 
triunfo con un baile, para cuyo efecto se in- 
vitó á los vecinos más próximos. Llegó la hora 
señalada para la fiesta; el baile comenzó al 
compás del acordeón y una bien templada gui- 
tarra. 

Vistosos trajes lucían las jóvenes: el ahni- 
dón estaba en su apogeo. Cuando la música 
cesaba, se oían los ayes del percal y la cretona 
de los vestidos almidonados, que parecían de 
papel; pañuelos de seda punzó y celeste, ador- 
naban los cuellos de las muchachas, y en sus 
negros cabellos no faltaba la mona del color 
de su divisa. 

En la pieza contigua á la sala tenía gran 
tarea don Bonito, destapando botellas que él 
llamaba de « vero vino d'Elba ». No faltó quien 
insinuase á don Bonito que debía obsequiar 
á las damas, y atendiendo la indicación, tomó 
una bandeja, donde colocó tres vasos, una bo- 



LÁGRIMAS 95 



tella de licor de rosa y una jarra con agua; 
recorriendo la sala con todo esto, hacía beber 
á todas la dosis que les presentaba. Inútil me 
parece decir que en aquellos tres vasos bebió 
la veintena de mujeres que allí se encontra- 
ban, y que el resto del agua que dejaba cada 
una, iba á parar al piso de ladrillo. 

Entre la mayor alegría continuaba el baile; 
los únicos que de vez en cuando protestaban 
eran los pobres músicos, pues ya estaban exte- 
nuados y rendidos de sueño; pero la reunión 
no pensaba en dispersarse. De pronto, y en 
momentos en que se daba fin á un pericón 
con relaciones, se sintió el galope de un ca- 
ballo que venía por el camino real. Dos pai- 
sanitos abandonaron la sala y se dirigieron 
á la enramada, algo recelosos por el galope 
aquél y para saciar su curiosidad, propia de 
la gente de campo. 

Tres detonaciones seguidas una tras otra, 
interrumpieron el baile. 

¿Qué había ocurrido? 

El jinete que momentos antes pasara á todo 
galope por el camino real, á una distancia 
prudente de la pulpería había cortado campo 
para llegar hasta ella sin ser visto; en seguida 
se bajó del caballo y se acercó á la casa ca- 
minando por el maizal. Era éste un paisanito 
de veinte años, de tez bronceada, nariz algo 
aplastada y abierta, ojos vivaces muy negros 
y pequeños, pómulos salientes y cabello muy 
obscuro. 



OG LÁGRIMAS 



Cautelosamente llegó á la enramada, ocul- 
tándose tras de una pila de leña; allí per- 
maneció qn acecho hasta que cruzó á pocos 
pasos de él otro hombre, joven también, de 
rostro altanero, con modales de aristócrata, 
aunque vestido con traje de campesino. Al 
verle, el paisanito desenvainó su daga y, de 
un salto, la sepultó hasta el mango en su 
pecho, diciéndole: «¡Llegó la hora!» 

Los otros paisanos que habían salido por cu- 
riosidad al oir el galope del caballo, viendo 
aquella escena, sacaron sus armas de fuego 
y las descargaron sobre el asesino; pero éste, 
con la misma rapidez con que cometiera el 
crimen, saltó sobre el lomo del potrillo de don 
Bonito, que estaba ensillado, y aflojándole 
las riendas, fué á perderse entre las sombras 
de la noche. 

Á media legua de la pulpería del Bonito es- 
taba situada la estancia de «Las Acacias»; el 
hijo menor de su dueño, estaba al frente de 
ella. Criado aquél en la opulencia, y acostum- 
brado á imponerse, por no haber encontrado 
nunca resistencia á su voluntad, se había con- 
vertido casi en un déspota, tratando á sus peo- 
nes, y particularmente al más joven de ellos, 
que tenía por apodo el indio, con duras pa- 
labras. Una tarde, en una gran hierra, porque 
el indio no se apresuró á servirlo, cruzóle la 
cara con la azotera de su rebenque. — «Me 
vengaré», dijo para sí el ofendido. 



LÁGRIMAS 97 



Dos años habían transcurrido, y en el co- 
razón del indio ardía más y más la sed de 
venganza. Quiso la mala suerte que llegara á 
aquellos pacjos, en compañía de su familia, 
una joven de humilde cuna, pero de extraor- 
dinaria belleza. El indio, que no había ama- 
do hasta entonces, sintió por ella todo el fue- 
go de una pasión sin límites; mas, ¡ay! que 
también su jjatrún, con un fin nada noble, 
dio en cortejar á la joven. Esta, alucinada 
por su posición y sus maneras, fijó sus mira- 
das en él. — *El indio poco vale, es feo y sólo 
tiene un triste salario,» se decía para sí. 

El patrÓ7i \e hacía buenos presentes; mon- 
taba los caballos más lindos de todo el ijago, 
y ella lo conocía desde lejos, porque cuando 
asomaba en la cuchilla, brillaba con el sol la 
2ylata de su recado. 

Mientras el indio perdíase entre las sombras 
de la noche, después de haber vengado sus 
ofensas, su j9a¿?'ó» yacía inmóvil, tendido sobre 
un charco de sangre, bajo la eni*amada; junto 
á él veíase una mujer pálida, horrorizada ante 
aquel cuadro, y el silencio de aquella noche era 
sólo interrumpido por los sollozos de un an- 
ciano: era el dueño de la pulpería del Bonito. 

1902. 



BREVES 

Una mujer inteligente, educada y noble, es 
carga demasiado pesada para un hombre tri- 
vial, necio y vano; una mujer ignorante pesa 
á todos y á veces hasta á sus mismos padres. 

Donde nace una infamia ; donde vive la fal- 
sía, la traición ; donde muere la dicha y la tran- 
quilidad, ahí está disfrutando una mujer! 

La mujer que fué hecha por el cielo para 
lo noble, lo grande y santo, al trocar su mi- 
sión en la tierra sembrando la discordia y el 
mal, de criatura humana se transforma en 
reptil, 

¡ Qué largo parece el tiempo que nos separa 
de la ventura anhelada, y qué breve el que 
nos lleva á un dolor! 

¡Cuánta ventura encierra el mundo de los 
sueños! Dormidos, vivimos en otra vida; des- 
piertos, nos rodea la tosca realidad ; lo que más 
respeto me infunde, es el sueño ajeno. 



LÁGRIMAS 99 



Quien cree en la existencia de un Ser Su- 
premo; quien se rinde á la fe de sus Evange- 
lios, no puede abrigar en el alma un solo sen- 
timiento de maldad. 

Muchas y muchas veces se llora bajo las 
sagradas bóvedas del templo, postrado ante 
la cruz é impulsado por el grandioso senti- 
miento de la fe; y muchas veces, allí mi?mo se 
ríe, al compás de los agitados golpes que al- 
gunas mujeres se dan en el pecho. 

Los que al hablar de la mujer lo hacen con 
ridículo énfasis, desconociendo sus muy mu- 
chas virtudes, debieran, antes de pretender 
mancillar su sexo con torpes banalidades, ■pen- 
sar que lo único verdadero y legítimo que tie- 
nen es la madre. 

Si Dios, al formar el Universo, les dio á al- 
gunos hombres talento, sin otorgarles el mono- 
polio de éste, y á las mujeres las coronó con 
las espinas del sufrimiento y de la resignación, 
faltándoles á los unos lo que les sobra á las 
otras, ¿en qué consiste la equívoca cuan tonta 
pretensión de la superioridad de los primeros 
sobre las segundas? 

Muchos hombres, al oir hablar de las bue- 
nas cualidades de la mujer, hacen muecas de 
disgusto ; otros muchos se enfadan, y los más 
se muerden la lengua impulsados por la mez- 



100 LÁGRIMAS 



quina condición llamada personalismo mascu- 
lino. 

Juzgar á las mujeres eu general con dureza, 
es el privilegio de los grandes ignorantes: 
fuera lo mismo que llamar asesinos á los hom- 
bres todos, por un crimen cometido, 

Ko son cantidades el dolor, el cariño y to- 
dos los sentimientos, por no ser susceptibles 
de peso y medida; por lo tanto, es asaz aven- 
turado, sin que medie el convencimiento, lla- 
marlos fingidos, 

Xo se es mejor religiosa por las muchas ve- 
ces que se penetra en un templo. ¡Cuántas hay 
que lo visitan con bastante frecuencia y en 
cada una de esas visitas lo profanan con la 
crítica, la mofa ó prestando oídos á las pala- 
bras de sus galanes! 

Existe demasía de cinismo en ciertas muje- 
res al tratar de títeres á los hombres que tie- 
nen la debilidad de festejarlas, si luego han de 
recibir en público sus ofensas y hasta sus bur- 
las con la más exquisita satisfacción. 

La ostentación de una bajeza, así como Ja 
audaz mofa hecha á una mujer, son la prueba 
convincente de la obscura estirpe de su autor. 

No todo lo que nos brinda un gran placer 



LÁGRIMAS 101 



es una felicidad, ni todo lo que nos ofrece un 
gran dolor es una desgracia : lo primero puede 
arrastrar hondos sinsabores, en tanto que lo 
segundo puede servir de lección inapreciable 
para el futuro. 

Aquellos hombres que por mero placer ó 
falta de delicadeza dan pasos en falso, debie- 
ran mirar bien á fondo si con ellos no compro- 
meten á la mujer que, ante la sociedad y por 
sus méritos y condiciones, es digna de toda 
estimación. 

Si en el criterio de ciertas mujeres no penetra 
luz suficiente para librarlas de actos ridículos, 
debiera existir más caridad en los hombres 
que pueden remediar esas faltas. 

Una decepción, por menos cruel que sea, 
es un ¡ alerta ! para lo sucesivo. 

No son los muchos anos los que algunas 
veces sirven de maestros, sino los actos de 
aquellas personas con que se tropieza en el 
camino de la vida. 

¿ No les fuera mejor á ciertas mujeres co- 
meter menos pecados que confesarse tan á me- 
nudo? 

Querer arrancar la dicha á una mujer de 
irreprochables condiciones, por medio de actos 



102 LÁGRIMAS 



vergonzosos y bajezas, es medir con metro muy 
corto la cultura é inteligencia del hombre que 
se pretende. 

Los que miran en el matrimonio el interés 
del vil metal, haciendo caso omiso de las vir- 
tudes, debieran llamarse, en vez de preten- 
dientes: *Bons viveurs». 

Pecar con la esperanza del perdón, es pro- 
fanar la ley del cielo. 

La caridad verdadera no consiste en la os- 
tentosa limosna dada en público al meneste- 
roso: debe extenderse, emanando del alma, 
á todas las miserias de la vida. 

Sobre los favores concedidos, el velo del 
olvido. 

¡Cuántas veces se busca, tras de la corona 
nupcial, el talego de oro! Los que así proce- 
den están sujetos á dos voluntades: á la de 
su mujer y á la del dinero. 

Quien á sí mismo no se ama, mal puede amar 
á sus semejantes. 

Es indudable que el dinero puede ser factor 
importante para la felicidad ; sin embargo, mu- 
chas fortunas no alcanzan para llenar el va- 
cío del alma de aquellos que la poseen. 

1902. 



UNA RELIQUIA 



En la muy histórica y reconquistada ciudad 
de San Fernando de este suelo uruguayo, 
existía en su única iglesia, y quién sabe desde 
qué fecha, un San Antonio de Padua, con- 
feccionado en el país de los hicas, entre el 
oro y la plata del Cuzco, que no alcanzó á sa- 
tisfacer al ambicioso Pizarro ; donde llegan las 
brisas del profundo y bravio Pacífico, que se 
agita rumoroso, altivo y potente; bajo el claro 
cielo que cobijó al último y noble soberano 
Huaina-Capac y á sus infortunados descen- 
dientes Atahualpa y Huáscar; en la hermosí- 
sima ciudad cuyas riberas son bañadas de 
continuo por el poético Rimac. Allí recibió 
nuestro San Antonio la primera veneración, la 
primera plegaria, y allí también quizás hizo su 
primer milagro. Esta imagen no es una obra 
de arte: hecha de un tronco de madera dura, 
y que por su misma dureza el tiempo no ha 
corroído, no desmiente su antigüedad; pero 
¡loado sea el autor español que pudo en aque- 
lla época, en que de fijo no tendría herramien- 
tas adecuadas para lucir todo su ingenio, en- 



104 LÁGRIMAS 



galanar al santo con una tan festiva como 
graciosa carita, que hasta hoy conserva con 
la misma frescura del primer día! 

Cómo llegó á nuestra patria y quiénes lo 
trajeron, no sabría decirlo; pero es de suponer 
que fuera traído en alguna expedición española, 
siendo donado á la iglesia referida, donde per- 
maneció hasta que hubo llegado el bochornoso 
día del 28 de Octubre de mil ochocientos seis, 
fecha en que una fuerza del ejército británico, 
procedente del Cabo y al mando del teniente 
coronel Juan Jaime Backhouse, se apoderó 
de la ciudad de San Fernando, convirtiendo su 
iglesia en cuartel general y «saqueando y 
cometiendo con su vecindario todo género de 
actos reprobados por el derecho de gentes y 
la moral pública (i).» 

El reverendo cura párroco en aquel en- 
tonces, temeroso de que se apoderasen de las 
reliquia-i sagradas, dándole á San Antonio por 
vivienda el coloso Plata, antes de efectuarse 
el atropello al templo católico, repartió entre 
las familias oriundas de laciudati, las imágenes 
que adornaban hasta entonces la iglesia. Cúpole 
la suerte de recibir á San Antonio, á la vir- 
tuosa seüora doña María Estremera, quien lo 
libró de la furia de los invasores y retuvo en 
su poder hasta que se presentó la oportunidad 
de traerlo á la capital, donde hace más de 



(1) Orestfs Ai-aújo: Diccionario Popular de Hiatoria 
de la República O. del Urugvay. 



LÁGRIMAS 105 



tres cuartos de siglo que se hospeda, y aunque 
lejos, muy lejos de su albedrío, no por esto 
deja de hacer sus milagros; sin exigir, para 
otorgar los pedidos que se le hacen, manuscri- 
tos de buena ó..., mala caligrafía; razón por la 
cual tiene nmchos devotos fervientes, que en 
su fausto día le visitan, suplicando sus buenos 
auspicios para la pronta y muy eficaz reali- 
zación de sus anhelos y esperanzas ; y si en 
alguna condición supera á otros santos, es en 
la de que no siendo partidario de la dovoción 
con interés, se abstiene de conceder á sus de- 
votos tan sólo dos cosas: novios y dinero. 



1902. 



UNA PROMESA 

Pura mi padre, 
HILDA 

Era una de esas tardes en que á la bóveda ce- 
leste no la empañaba ninguna caprichosa nu- 
becilla ; tarde tranquila, en que sólo se oía el 
murmullo de la corriente del río acompañado 
del triste canto del zorzal que, sallando de 
rama en rama, buscaba donde pasar mejor la 
noche; el horizonte, cubierto con su manto de 
grana, daba las últimas señales de un hermoso 
día de primavera. 

Sentada en una roca, junto á la orilla del 
río, se hallaba una joven ; era esbelta, de porte 
distinguido, de tez morena, pálida y de ojos 
negros. Vestía elegante túnica blanca. 

Sus grandes y hermosos ojos, fijos en la co- 
rriente, y su pensamiento lejos... muy lejos 
de allí; su rostro, un tanto demacrado, indi- 
caba días de horrible lucha, noches de insom- 
nio y sufrimientos. 



LAGRIMAS 107 

De pronto, retumbó en el bosque el lejano 
estampido de un tiro de escopeta. 

La joven se puso de pie, miró á izquierda y 
derecha, y no viendo á nadie, volvió á sen- 
tarse; pero breves instantes después, sintiendo 
ruido de pasos que se aproximaban hacia ella, 
volvió el rostro, y fué gran Je su sorpresa al ver 
cerca de ella un joven cazador. 

Bajando con presteza <le las rocas, quiso 
huir; pero era tarde. 

El joven llegó hasta ella y le tendió la mano; 
luego, arrancando del fondo de su corazón 
profundo suspiro, exclamó: 

— ¡Hilda!. . . Hilda, ¿vos así? 

— Sí, — replicó ella;— ¿qué hay? 

— Seis meses han transcurrido sin vernos, 
sólo por vuestros caprichos; y ¿é?te es el reci- 
bimiento que me hacéis?. . . Dicen que el pri- 
mer amor jamás se olvida, que vive firme en 
nuestra memoria y deja profundas raíces en 
nuestro corazón; si me amabais tanto y vues- 
tro amor era el primero, como me lo asegura- 
bais, 03 suplico que me digáis si alguna vez, 
por ventura, me recordasteis después de nues- 
tra última separación. ¿Nunca visitan vuestra 
mente los recuerdos de aquellas horas de di- 
cha inmensa, que juntos pasamos? ¿ por com- 
pleto lo habéis olvidado todo, todo. . . mientras 
yo lo conservo aún en mi corazón con el ardor 
y firmeza del primer día?. . . 

— Lo pasado, — dijo ella con serenidad, — 
¿quién lo recuerda? 



108 LÁGRIMAS 



— Bien me lo habían dicho : jamás me amas- 
teis; fingisteis un amor por mero capricho, pro- 
pio de vuestra edad, y, tal vez, por no ser me- 
nos que vuestras inseparables amigas : ¿ verdad? 
¡Lo sé todo, hace tiempo! ¡Me engañasteis, me 
colocasteis alas para remontarme á lo ideal, á 
un mundo de venturas y esperanzas ; y yo os 
creí, porque os amaba con la fe con que se ama 
á Dios, con esa fe sublime que todo lo idea- 
liza! . . . Cuando me visteis alto . , . muy alto, os 
dio pena mi credulidad, ó tuvisteis miedo, cre- 
yendo, sin duda, que mi inmenso amor hacia 
vos usaría de derechos que os quitaran la li- 
bertad, y culpándome por una ligereza de mis 
años, sin una explicación, sin una queja, huís- 
teis de mí, viniendo aquí junto á vuestra ma- 
dre, üo á llorar una pena, sino á expiar vues- 
tro gran pecado. ¡Os fui infiel, os engañé apa- 
rentemente, sólo un día!. . . Si por esto me veo 
castigado con crueUlad, ¿qué merecéis vos. . . 
vos que me hicisteis vivir soñando con uu 
mundo de delicias, enloqueciéndome con men- 
tido amor, cuando, ¡ay! jamás pensasteis amar- 
me?. . . j Cuan tranquila me escucháis! No vie- 
nen á vuestros labios palabras de excusa ó 
defensa. ¡Oh, nada os impresiona! Las rocas 
se estremecen y empapan en lágrimas del cielo 
cuando la ruda tempestad se desencadena so- 
bre la tierra; á vos nada llega á conmoveros; 
los dolores ajenos no hallan eco en vuestro co- 
razón; ¡ay! ni el fuego de mi pasión inmensa 
templa vuestra helada alma; ¡no sois mujer, 



LÁGRIMAS 109 



no sois nada. . . sólo sois humo. . . humo del 
fuego del infierno ! . . . 

— ¡Cuan lejos habéis ido! -dijo la joven 
con temblorosa voz; — mas, todo lo perdono. 
¿No creéis que os he adorado con toda la fuer- 
za de mi alma y que aún os a. ...?.. . pero 
no, — replicó con delirio, — [ olvidadme. . . mas 
no demasiado pronto ! . . . 

Diciendo estas palabras, corrió con velocidad 
hacia su casa. El, en el colmo de la ira y el 
de-sprecio, la dejó alejarse, mirándola y riendo 
sarcásticamenle. 



LOCA 



Pocos meses despué.^, Hüda .^e hallaba en 
el balcón de su casa. Era el anochecer. De 
pronto miró hacia el suntuoso vestíbulo, donde 
sus padres estaban sentados en mullidos si- 
llones, contemplando gozo.'íos á sus pequeños 
hijos, que jugaban á su lado. Por las mejillas 
de la joven se deslizaron gruesas lágrimas, y 
con voz quejumbrosa se dijo para sí : « ¡ He ahí 
á lo que está reducida toda mi dicha ! . . . > 

Dio la espalda á tan deliciosa escena y si- 
guió de esta suerte: «¡Qué vale para mí la 
opulencia; qué vale el clamoreo de esa ola 
mundana que me admira y adula; qué vale 
toíio . . . to<lo, si vivo muriendo ! . . . ¿ Pueden 
llegar halagos hasta el fondo de mi corazón, 



lio LÁGRIMAS 



que muere de pena? ¡Oh, no!... ¿Por qué, 
Dios mío, robasteis mi ventura; por qué ha- 
béis muerto para siempre mi juvenil esperan- 
za?. . . ¡Silencio!. . . no debo blasfemar. Yo lo 
quise así, y así ha sido; no tengo ni el derecho 
de consolar mi corazón, desahogándolo con 
quejas; yo fui ante el altar de Dios, y en cam- 
bio de la reconciliación y dicha de mis padres, 
ofrecí aquel amor, que era mi vida; aquel amor 
en que con ciega fe cifraba mi ventura. Hoy, 
viendo correr al hombre idolatrado tras nue- 
vas estrellas, sin hacer alto ante mí, mi pasión 
se subleva. ¡Cuántas veces ahogué en mi gar- 
ganta amargo grito, al hallarme junto á él! 
¡cuántas veces mis ojos buscaron los suyos 
para expresarle mi pena, el dolor que me con- 
sume y el inmenso amor que me inspira!. . . 
Todo fué en vano: yo he muerto para él. . .» 

A las diez de la noche, Hiída entró en su 
coqueta habitación, sentóse, y, cogiendo un li- 
bro, se puso á leer. Pocas líneas había reco- 
rrido, cuando arrojó con desesperación el vo- 
lumen. 

— No puedo leer, — dijo; — no sé qué pasa 
en mí: tengo un terrible presentimiento. 

Hundió sus finas manos entre su negra ca- 
bellera, como aquel que quiere oprimir en su 
cerebro algún triste pensamiento; después de 
breves instantes de meditación, extendió su 
brazo hasta una mesa próxima, donde había 
varios diarios de esa tarde; tomó uno de ellos, 
y, al recorrer la primera página, clavó su vista 



LÁGRIMAS 111 



con horror en una cruz mortuoria; su rostro 
se demudó, sus ojos rodeáronse de negro 
círculo. 

Bajo aquella cruz, con grandes caracteres, 
estaba impreso un nombre para ella idolatrado; 
aquel nombre que mil veces pronunciaba entre 
sollozos ; aquel nombre adorado que tantas ve- 
ces repetía con pasión en sus sueños, saliendo 
como una queja doliente, j Oh ! Roberto estaba 
grabado en su corazón, y en su pensamiento 
viviría siempre. 

Cuando daba la una de la mañana en el 
reloj de la Catedral, Hilda subía la ancha es- 
calera del palacio de X***. 

El espacioso vestíbulo se hallaba repleto de 
hombres : casi todos vestían de negro ; éstos, 
al ver una dama, le dieron paso; la joven 
llegó sin dificultad hasta el salón mortuorio. 

Allí, durmiendo el sueño eterno, rodeado de 
flores, yacía su primero y único amor. Apo- 
yando una mano en el ataúd y la otra en una 
cruz de jazmines y cipreses, contempló largo 
rato aquel rostro querido que pronto no vería 
más. Echó su manto hacia atrás, é inclinando 
su cuerpo, sus cálidos y trémulos labios roza- 
ron aquellos otros labios yertos y descolori- 
dos ; luego cubrió su rostro y, al llegar á la 
puerta, recién se dio cuenta de su horrible si- 
tuación, viendo dos columnas de hombres que 
se retiraban para darle paso : la triste realidad 
se alzaba haciéndose visible en su mente. 



112 LÁGRIMAS 

Irguió su fino talle, y, tendiendo sus brazos, 
lanzó una ronca carcajada, que retumbó en el 
salón; luego caía sin sentido. 

Cuando volvió en sí. . . estaba loca. 



EL MÉDICO 



Carlos de X*** era uno de esos hombres que, 
aunque jóvenes, huyen del bullicio y los pla- 
ceres mundanos, mirando con cierto desprecio 
la masa que compone la sociedad. 

En un año había perdido á sus padres y á 
su único hermano; estos seres que le habían 
sido tan queridos, arrebataron con su muerte 
todo el contento de su alma. Ni un afecto le 
quedaba ya, y aunque la vida solitaria no le 
era muy halagüeña, deseaba vivir; vivir para 
hacer bien á la humanidad, ejerciendo una de 
las santas virtudes que nos aproximan á lo 
grande, á lo perfecto : la sublime caridad. 

A fines de Abril del año de 18. . . terminó su 
carrera y fué á instalar su estudio lejos de la 
ciudad, en el castillo de sus antepasados. 

Ejercía la medicina, no para acumular oro ú 
obtener fama á costa de los desgraciados que 
le favorecían con su llamado, sino para sentir 
la satisfacción de socorrerlos, pues los desven- 
turados muchas veces morían en el abandono 
por carecer de medios para costear un facul- 
tativo. 



LÁGKIMA8 113 



El invierno e presentó crudo; sus fríos ha- 
cían estragos en los pobres aldeanos, ya débi- 
les y enfermos por la e^^casez de alim(3ntos. 

Carlos perdió la cuenta de los pobres que 
llamaron á su puerta para implorar su ayuda: 
sólo recordaba que en cuatro meses, contada 
fué la noche que pudo descansar tranquilo en 
su lecho; pero, á pesar de esta vida, se sentía 
feliz, cumpliendo con un deber sagrado; deber 
que él mismo se había impuesto: ¡ah, hacer bien 
ásus semejantes! Llegó por fin el verano y, li- 
bre de sus enfermos, el joven médico solía ha- 
cer solitarias excursiones; nadie le había inte- 
rrumpido en sus tranquilos paseos, hasta una 
tarde que, estando junto al río que separaba 
sus posesiones de las de otro castillo, divisó 
una mujer entre el follaje formado por la hie- 
dra que se extendía de sauce á sauce en forma 
de cortina. 

Llevado por la curiosidad que le despertó ver 
aquella persona en un parque que creía aban- 
donado hacía muchos años, volvió muchas tar- 
des al mismo sitio. 

Siempre aparecía, por los claros que dejaba 
la hiedra, aquella misma mujer. El joven la 
observaba con atención: ora la veía cortar 
flores para adornar sus cabellos y su falda, 
ora la contemplaba con asombro, cuando, al 
llegar á la orilla del río, arrojaba en él mano- 
jos de jazmines, margaritas y rosas. Después 
que las flores se esparcían como un manto 
blanco arrastradas por la corriente, se retiraba 



114: LÁGRIMAS 

tranquilamente: nunca la oyó cantar ni reir, 
nunca decía nada. 

Una tarde, impulsado por un sentimiento 
desconocido, Carlos se colocó frente á su vecina 
y disparó un tiro con su escopeta. Él anhelaba 
ver algo que denunciara la existencia de un 
alnia en aquel cuerpo que se movía como una 
nmñeca y no como ser viviente. 

Su idea tuvo maravillosos resultados. Al es- 
tallar el tiro, aquella mujer extraña se levantó 
con presteza del barranco en que se hallaba 
sentada ; afanosa buscó con la vista, y al divi- 
sar al^ joven, quiso correr hacia él, pero ¡ay! 
sus piernas Saquearon y cayó gritando con 
frenesí : 

— ¡Roberto!. . . 
^ Este nombre heló á Carlos. Ella creía ver en 
él á su hermano, muerto hacía seis anos ya. 
No era de extrañar su error: la semejanza de 
ambos hermanos había sido sorprendente. 

Aquel grito avivó la curiosidad del joven, 
comprendiendo que aquella mujer había cono- 
cido á su hermano; entre ellos, indudablemente, 
había existido un lazo: así lo probaba aquella 
llamada que nacía del corazón, aquel grito apa- 
sionado, imposible de describir y que manifes- 
taba la ansiedad del que mucho ha esperado. 
Sirviéndole de puente uu añoso sauce, Car- 
los cruzó el río para aproximarse de una vez á 
aquella extraña criatura. Cuando estuvo á su 
lado, se conmovió vivamente: ella había per- 
dido el sentido y parecía un cadáver, tendida 



LAGRIMAS 115 

sobre el césped; le hizo aspirar un pomito de 
sales, refresco sus sienes con agua; pero la in- 
movilidad de aquel cuerpo persistía; entonces 
la tomó en sus brazos como si fuera una cria- 
tura, marchando con ella hacia la casa. 

Una aya le recibió, y al verle cou la joven en 
brazos, le dijo, riendo estúpidamente con la 
risa del ignorante: 

— Qué, ¿se había dormido en el bosque? 
No oá hubieseis molestado: ella vive así; luego, 
á los locos no se les hace caso. 

— La señorita está grave, necesita reposo,— 
respondió fríamente el joven. 

— ¡Pero si ella duerme en cualquier parte! 
Podéis colocarla aquí. 

Diciendo esto, señalaba uno de los bancos 
del jardín. 

Ante la pervei-sidad de aquella mujer, Car- 
los perdió la paciencia. 

— Soy el médico, — le respondió enfurecido. 
— ¿Cuál es el aposento de la señorita? ¿ Dónde 
está la familia?. . . Llamadla. 

El aya, como todo ser mezquino, bajó la ca- 
beza, y guiando al joven adonde deseaba, le 
dijo con voz temblorosa: 

— La familia no vive aquí: está muy lejos. . . 
viajando siempre y sin hacer caso alguno de 
mi señorita; antes solía venir uno de los her- 
manos, pero ahora hace muchos meses que 
sólo se acuerdan de escribir. 



10 



116 LÁGRIMAS 



LUCHA Y DUDAS 

La fiebre incesante de una semana tenía 
postrada en el lecho á la protegida de Carloí<, 
det^esperando éste de su salvación. 

Aquel médico que jamás se arredró ante 
ningún enfermo; aquel hombre al parecer tan 
indiferente, esta vez se hallaba abatido, y, opri- 
miendo desesperado su cabeza entre sus ma- 
nos, solía llorar como un niño. 

Luchaba por conservar aquella existencia, 
con asombroso afán; la misteriosa joven le 
enloquecía, y mil veces pensó que, á no sal- 
varla, era preferible morir ó que se obscureciera 
para siempre su razón. 

Por fin, al noveno día de dudas y ansieda- 
des, la enferma salió un tanto de su postración. 

Con asombro de Carlos, pues creía estar en 
presencia de una loca, como había dicho el aya, 
la joven pidió de beber. Su voz, aunque débil, 
era clara como la de aquel que sabe lo que 
pide. 

Al incorporarla para que bebiese, clavó sus 
grandes y sombríos ojos en los del médico, 
pero nada dijo; entonces él pudo examinar su 
vista como lo deseaba. Un rayo de felicidad ilu- 
minó su corazón : aquella mirada no era la mi- 
rada perdida, sin fijeza, de los locos; en aque- 
llos ojos había fuego de un cerebro que estaba 
en armonía con la razón. 



LÁGRIMAS 117 



Averiguó, por intermedio de los criados, cuál 
había sido la causa de la locura de la joven. 

— Una noche, — dijo la doncella, — la lleva- 
ron dos señores desconocidos á casa de mis 
señores amos ; yo no sé lo que ellos dirían : sólo 
recuerdo que desde entonces la señorita nunca 
más habló; el aya dice que está loca, pero la 
señorita jamás hace locuras: la obedece como 
cuando era niña y sin alterarse por el imperio 
que usa para tratarla. 

Sin poder aclarar el misterio que envolvía 
el pasado de su enferma, Carlos volvió á su 
lado, más triste que nunca. 

Pensaba en aquellos señores que una noche, 
según la doncella, habían llevado á la joven 
á casa de sus padres. ¿Quiénes serían ellos?. . . 
¿Por qué desde esa noche, que debió ser fatal 
para Hilda, no habló más?. . . ¿Qqé papel ha- 
bía desempeñado su hermano en la historia de 
aquella mujer? Atormentado por un mundo de 
dudas, sentóse, como de costumbre, á la cabe- 
cera de su enferma; ella dormía soñando en 
voz alta: 

— Mentira, — dijo agitada ; — no fueron á bus- 
carle; nunca más le veré. 

El joven pensó guardar silencio. ¡Quién sabe 
si no descubría algo de lo que deseaba saber! 
Pero su noble corazón le hizo desistir de su 
idea: meció suavemente á la joven para que 
cambiara de postura ; el la despertó sobresaltada : 

— ¡Roberto! — exclamó anhelante y fijando 
BUS grandes ojos en el médico.— ¡Qué largo fué 



118 LÁGRIMAS 

vuestro viaje ! Yo me imaginaba que jamás os 
volvería á ver. 

Carlos comprendió que era necesario enga- 
ñarla por lo menos hasta que estuviera curada 
por completo, y se decidió á hacer el horrible 
sacrificio de pasar por su hermano. 

— ISTo os agitéis, — le contestó dulcemente ; — 
descansad en tanto que yo velo á vuestro lado. 

— ¿Es verdad que estáis á mi lado?. . . ¡Ro- 
berto mío, os veo y dudo . . . dudo ! — repitió 
frenética, oprimiendo una de las manos del 
joven. 

— Hilda, callad, os lo ruego; mi anhelo es 
veros curada, y la conversación puede agrava- 
ros. 

— Queréis verme curada para ser felices, 
¿verdad? Yo también lo anhelo, y entonces no 
me separaré nunca más de vuestro lado. ¡Oh' 
nadie. . . nadie se interpondrá entre ambos! 

Al escuchar estas frases apasionadas, Carlos 
se estremecía de pena: pensaba en el desen- 
lace temblé que tendría aquella mentira que 
él había inventado para volver á la razón á 
aquella desgraciada criatura. Algún día ha- 
bría que decir la verdad; él la diría, porque 
era noble en todos sus actos. 



AZAHARES 

Dos meses después de los acontecimientos 
anteriormente referidos, una hermosa tarde, 



I 



LIGRIMAS 119 

Hilda se paseaba por el jardín, apoyándose en 
el brazo de Carlos. 

De pronto se detuvo, y fijando su mirada en 
el joven, le dijo con marcada tristeza: 

— Roberto, cuando hacemos un juramento, 
¿debemos cumplirlo siempre? 

— Creo que sí, — le respondió él. — ¿Por qué 
me hacéis esa pregunta? 

— Ya lo sabréis. ¿Y en ningún caso perdo- 
nará Dios á un perjuro? 

— ¡ Quién sabe ! ... tal vez no. ¿ Habéis hecho 
algún juramento, Hilda? 

— Sí, hice uno, — respondió con voz entre- 
cortada por la emoción. 

Ella no le hacía esta pregunta temiendo un 
castigo del cielo, sino para conducirlo á un 
terreno que, hacía mucho, deseaba ; pues su 
juramento no se interponía entre el joven y 
su felicidad. 

— Yo también, Hilda, he hecho uno que debo 
cumplirlo, aunque paradlo tenga que sacrificar 
mi ventura. 

Por el tono en que se expresaba Carlos, la 
joven comprendió que aquel juramento debía 
serle fatal. 

Pálida y temblorosa, se atrevió á preguntar 
á su compañero cuál era su juramento. 

— Hilda, — le contestó el joven, — os he dicho 
muchas veces que nuestra boda no se podrá 
efectuarían pronto como son nuestros deseos; 
pero no he sido lo franco que debía, manifes- 
tándoos el poderoso motivo que me lo impide. 



120 LÁGRIMAS 



Yo carezco de los medios suficientes para lle- 
varos á mi lado y haceros feliz como lo mere- 
céis; estoy arruinado. . . arruinado, — dijo con 
horror, pues era otra mentira que inventaba por 
no descubrirse. El podía casarse con aquella 
mujer y hacerla dichosa, porque la amaba con 
todo su corazón ; pero no quería hacerlo, por- 
que consideraba una infamia de parte suya 
engañarla para poseerla. Imaginando que al 
decir la verdad sería despreciado y maldecido 
por ella, calló, y calló sosteniendo una lucha 
atroz con su corazón y su conciencia. 

— ¡Oh, Roberto mío, no habléis así! ¿Qué 
importa la pobreza á vuestro lado? Yo la pre- 
fiero á la soledad de estos muros que me apri- 
sionan como á una criminal; no me ofendáis 
hablándome de riquezas; vuestra carrera nos 
dará medios para vivir perfectamente. ¿No lo 
creéis así?— dijo, viendo que el joven movía 
la cabeza como desaprobando sus palabras. 

— JNo, no lo creo así; mi carrera nunca nos 
daría para costear nuestras necesidades. 

— ¿Por qué?. . . ¿vuestra clientela no es nu- 
merosa; vuestra fama no corre por todas par- 
tes? 

— Sí, todo es muy cierto; pero ni mi fama 
ni mi clientela me traen el provecho que vos 
creéis. iSin querer me habéis llevado, Hilda, al 
punto que deseaba. Yo ejerzo la medicina sólo 
por caridad; me impuse ese deber ante Dios y 
le juré cumplirlo : ¡he ahí mi promesa! Ya veis 
cuan franco soy; tal vez algún día cambie 
nuestra suerte, y entonces. . . 



LÁQRIMAS 121 



— Entonces, — concluyó ella, interrumpién- 
dole y soltando su brazo,- ¡entonces será de- 
masiado tarde! Yo también os hablé de un 
juramento, y por hacer vuestra voluntad falta- 
ría á él, negándole hasta al cielo mi amor por 
complaceros ; pero ya que vos no sabéis sacri- 
ficaros por mí, hoy, como en otra época, sopor- 
taré el yugo de una promesa que me mala; 
pero cumpliré. . . cumpliré con Dios, — dijo 
ahogada por el llanto; — vos cumpliréis con 
vue.itros enfermo?. Sabréis el valor de mi sa- 
crificio cuando haya muerto. 

Eila había descubierto hacía tiempo el se- 
creto que Carlos guardaba, y, temerosa como él, 
no se atrevía á descubrirlo, pues dudaba del 
amor del joven. 

Como la situación de ambos era crítica en 
aquellos momentos, Hilda comprendió que ha- 
bía que decir la verdad y decidió obligar al 
joven á que hablara primero. 

— A ntes, — le dijo para conmoverlo, pues ella 
jamás había invocado el pasado, — cuando os 
amaba como una nina, desesperabais por mis 
desdenes ; hoy, que os amo como sabe amar una 
mujer, me desdeñáis. ¿Puede compararse el 
amor de. . .? 

— ¡Oh! no sigáis, — dijo el joven interrum- 
piéndola emocionado; — no sigáis... no des- 
cubráis una historia que quiero ignorar siem- 
pre; no invoquéis el pasado, os lo ruego... 
soy un miserable : no debí engañaros. 

La imagen de su hermano muerto vino á la 



122 LÁGRIMAS 

memoria de Carlos ; le vio pálido mirándole fija- 
mente y como implorando que no le arrebatara 
el amor de aquella mujer. Un sollozo ahogó al 
joven médico, y se dejó caer en un banco del 
jardín, ocultando, en ademán desesperado, el 
rostro entre sus manos, 

— ¿De qué engaño habláis?. . . ¿ acaso existe 
un secreto que no me queréis revelar? Os pro- 
meto seros muy franca, abriros mi corazón; 
pero antes, amigo mío, vos hablaréis; quiero 
que descorráis el velo que oculta mi dicha ó mi 
desventura; hablad, —le dijo anhelante. 

— ¡Existe un secreto, pero nunca. . . jamás 
os lo diré! Pedidme la vida, pero no me exijáis 
que os lo revele. 

— Yo lo sé, — le contestó ella riendo con 
amargura; — tal vez, lo mismo que á mí, os de- 
tiene una duda. Decidme si sois capaz de amar- 
me con el amor inmenso que yo os amo, y en- 
tonces . . . 

— ¿Cómo? — exclamó Carlos asombrado. 
Hilda leyó en sus ojos lo que deseaba oir de 

sus labios. 

— Lo sé todo . . . todo, hace mucho. Cuando 
era niña amé á Roberto con el fuego de la pa- 
sión primera; hoy que soy mujer, os amo sólo 
á vos . . . á vos tan sólo, sí, que habéis sido mi 
salvador. Cuando vagaba por los bosques sin 
conciencia de mis actos. Dios os puso en mi 
camino para que cambiarais mi suerte, volvién- 
dome con la razón la vida ; la vida, digo, pues- 
to que yo era lo que es un cadáver. . . el vmo 



LÁGRIMAS 123 



encerrado en una tumba, y yo abandonada en 
este rincón del mundo. Hoy soy feliz, porque 
toda buena acción tiene su premio; en otra 
época sacrifiqué mi dicha por la ventura de los 
que amaba. Dios paga hoy mi sacrificio ofre- 
ciéndome vuestro amor ; unamos nuestra suerte 
para seguir luchando por el bien ajeno, y 
así, hasta el fin de nuestros días, la ventura 
nos sonreirá á toda hora. 

— ¡Sea! — dijo él tendiendo una de sus ma- 
nos á la joven para sellar el pacto. 

Un mes más tarde, aquella mujer tan des- 
graciada en un principio, vio realizados todos 
sus anhelos uniéndose al joven médico, quien 
veía en ella al ángel de su dicha. 

Diciembre 22 de 1890. 



La correspondencia ú Er- 
nestina Méndex Reissig. 
— Montevideo. — Rep. O, 
del Urttguay. 



i 



índice 



Págs, 

Esto es un prólogo de Tax ix 

Tarjeta postal xy 

Opiniones xix 

Quejas del corazón 1 

Desconsuelo 2 

Sconforto ( Traducción ) 3 

Delirio 4 

¡ Oh lira ! 6 

¿ Responde ? 7 

Deseo 8 

Desejo (Traducción) 9 

Quejas 10 

A María H. Sabbia y Oribe 11 

A Francisca Ofelia Berrnúrtez 12 

En el Álbum 13 

Hermana ll 

No volverán 15 

; Fe ! 16 

Estrofas 17 

Tuyo 18 

Una lágrima 19 

¿ Por qué. . . ? 21 

Oro y penas 22 

Tu imagen. 23 

Tu amor 24 



126 ÍNDICE 



Págs. 

Teu amor ( Traducción ) 25 

i Sigamos ! 26 

Del alma 27 

¡ No llores más. . . ! 28 

Vd sueño 29 

Lo que anhelo 31 

¡ Perdón ! 32 

Una congoja 33 

i Oh Luna .' 34 

Oh Luna ! ( Ti-aducción ) 35 

Carcajadas }' lágrimas 36 

Unas flores 33 

Corazón resucitado ( Traducción ) 39 

Consulta ( Traducción ) 40 

Soneto ( Traducción ) 41 

Voz interior ( Traducción ) 42 

Muerte. — Amor ( Ti-aducción ) 43 

Crepuscular 44 

Invocación 46 

Ignívoma 47 

Sufre y calla 48 

¡ Laureles ! 49 

Mi Dios 50 

Creo 51 

¡ Mi muerta ! 52 

Kimas 54 

Azahares 55 

Súplica á Dios 56 

AI dolor 57 

PROSA 

Fantasía 61 

Silvia 63 

Celos y rencor 68 

Último adiós ! v 75 

Sibila 78 

El beso de Judas 85 



ÍNDICE 127 



Págs. 

Trinidad 90 

Una venganza 93 

Breres 98 

Una Reliquia 103 

Una promesa 106 

llilda 106 

Loca 109 

El médico 112 

Lucha y dudas 116 

Azahares 118 



Acabóse 

de imprimir 

en hx Imprenta Artística, 

el 1° de Septiembre 

de 1902 



^'^•1> 



^ 



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UNIVERSITY OF TORONJO LIBRARY 



P(4 Méndez Reissig, Ernestina 

8^97 Lágrimas 

M385L34 

1902